lunes, 8 de septiembre de 2014

Noches de verano

Verano, sol, calor, amor, pasión, sudor.
El verano llegó. No trabajo, no estudio. Sí paz, si pausas, sí relajo.
Atardeceres con primeros besos que luego terminan en cálidas noches apasionadas, en un departamento. Las ventanas abiertas. La cortina choca contra la baranda del balcón. Un viento fresco alivia los cuerpos desnudos.
 Una noche sin pensar, tal vez de impulso, tal vez de miedo, tal vez de amor verdadero.
Pieles pálidas que pronto tomarán algo de calor. Compartiendo sudor, sin repugnancia, sin siquiera pensarlo. Silencios necesarios, silencios cómodos. Un beso.
 Un beso escondido, uno que regenera toda la pasión. Las lenguas se enlazan como abrazos, buscan algo que no saben. 
Una pequeña y corta lluvia que comienza fuertemente y termina lentamente. Un cuerpo goteando, mojado, libre, en el balcón. Una locura.
Un abrazo empapado y el típico beso de película bajo la lluvia.
Corazones latiendo fuerte.
Un sueño, no despertar mas. Un recuerdo, una mirada. Un ayer y un mañana. Pero la importancia siempre en el presente.

domingo, 13 de julio de 2014

Capítulo 10, El rompecabezas de la vida

Caminé hasta casa y luego de entrar cerré la puerta de un portazo. Me tiré sobre la cama sin siquiera quitarme la ropa. Me quedé así, tendido, mirando la pared blanca y un tanto húmeda. No sabía qué pensar, tenía la mente en blanco. Ella no hacía mas que darme signos confusos de todo. Me abraza, me toma del brazo, me habla prácticamente solo a mí. Y sino me ignora, me grita, desconfía. ¿Por qué tanta desconfianza? ¿Qué es lo que tanto esconde?
 Me desperté sobresaltado de la cama. Me encontraba completamente sudado, así que decidí tomar una ducha.
 Preparé un café, eran unos minutos pasados del mediodía, me acerqué a la ventana y cerré la cortina, no sé bien por qué. Sobre la mesa había dejado un par de bocetos del retrato de Angelina, los tomé y me los quedé mirando. Angelina...qué mujer mas... Suspiré y arrugué los bocetos, no eran nada comparados con ella. Me daba vergüenza pensar cosas tan cursis.
Entré a trabajar, miré su ventana, estaba abierta. Atendí varias mesas, no vino mucha gente mas que los consumidores cotidianos. Boris estuvo muy atento si llegaba a venir su amada, pero no sucedió.


Luego de limpiar los baños, decidí tomar un poco de aire, el calor era insoportable. Maldita casualidad.
 Ella se encontraba allí, cruzando la calle frente la puerta de su casa. Llevaba un vestido liviano color azul, hacía juego con sus ojos. Esos ojos me miraron de repente y se clavaron fijos en mí. Su rostro mostraba algo de preocupación, hizo una mueca tratando de sonreír. Yo no pude evitar sonreír también, aunque con menos lamentos, no podía enfadarme con ella, no sé por qué.
 Comenzó a caminar hacia mí, sonriendo cada vez mas naturalmente. Sus cabellos rebeldes que se habían salido de su cola de caballo, revoloteando por su largo y delicado cuello.
-Hola- me dijo una vez que se acercó a mí.
-Hola Angelina- no sé por qué dije su nombre. Me encantaba.
Se acercó un poco mas, y con algo de desconfianza me abrazó despacio. Un poco tímido la seguí, la rodeé con mis brazos inundandome en su perfume, parecido al de una cereza.
-¡Fleur!
Un tipo gritaba fuertemente desde la cuadra de enfrente. Angelina se volteó.
-¿Francis?- le dijo ella, y de repente me soltó.
 Ese tipo se le acercó, riéndose y luego la abrazó levantándola en brazos. Yo me quedé ahí de pie junto a las mesas del bar, sin comprender nada. A ella se la notaba contenta, pero un tanto incómoda, no tanto como yo.
-Am...bueno. ¿Qué haces por aquí? Pensé que te habías ido a París para siempre.
-No, volví por ti- afirmó él, mirándome con una sonrisa maliciosa. Solté un bufido inconsciente, y me avergonzó haberlo hecho. Ella me miró como confundida. Yo no debía quedarme allí mas tiempo.
-Bueno, supongo que debo seguir trabajando.
- Seguro que sí- dijo el tipo. Una amargura me rodeó el pecho, sin decir mas nada, me retiré para entrar en el café y seguir trabajando. Ellos se metieron en el departamento.
 Se me hacía difícil no pensar en los dos juntos, haciendo quien sabe qué. ¿Quién era ese tipo? Sí, al parecer es un tal Francis. Pero, ¿Qué relación tiene con ella?
Cuando sentía que las cosas se iban moldeando, aparece este fanfarrón de la nada. ¿Por qué no se quedó en París? Aquí nadie lo necesita.
 Mientras llevaba un té con limón a una de las mesas, comencé a reírme, sin poder evitarlo. ¿Era cierto? Sentía celos, sí, algo que nunca había sentido. Me recorría todo el cuerpo, como la sangre en mis venas.


Pasada ya una hora, me asomo a la vidriera del bar, observo su ventana. Ese Francis estaba parado justo al lado de la ventana. "Cómo te empujaría desde allí", pensé, exagerando mas que nunca. Otra vez me reí, pero de mi pensamiento. Francis se volteó justo y me miró. Simulé estar acomodando una de las sillas junto a mí. Volví la mirada hacia él, sonrió otra vez con sus dientes amarillentos pero casi perfectos, y cerró la ventana, incluyendo las cortinas.
Un calor me envolvió de repente. Pero me dirigí hacia la barra para olvidar todo.
-¡Qué rostro!- exclamó Boris.
-¿Qué? Estoy normal.
-Sí, claro...-Mhm- asentí, sin ganas de platicar.
-Lo vi todo, aunque no me hayas visto tu a mí- respondió, acomodando unas copas en uno de los escaparates.
 Me sentía enfadado, no necesitaba opiniones de otros. Tomé una bandeja con un par de cafés y los llevé hacia una de las mesas de afuera. Se oían risas desde la ventana, luego una música tranquila. Mi imaginación me descolocaba tratando de pensar qué hacían allí arriba. En mi cabeza se repetía una y otra vez las manos de ese tipo en la cintura de Angelina, su cara de deseo y satisfacción. Me producía un asco inmenso, y me causaba impotencia no poder hacer nada al respecto.
 Mi mente, aislada de la realidad, no me ayudaba en nada. Cuando traté de apoyar uno de los cafés sobre la mesa, se me cayó la bandeja completa, causando un estrepitoso ruido. Subí mis manos a mi nuca en un intento de relajarme, luego pedí perdón a la pareja sentada en la mesa y me puse a levantar los trastos del suelo.
-¡Julién!- gritó Angelina desde la ventana, con una expresión de preocupación-¿Te encuentras bien?
La miré fijamente, Francis la tenía tomada por la cintura, ella le quitó la mano bruscamente. Sentí una rabia terrible por ese abusador. No dije nada, puse los trozos rotos de vidrio sobre la bandeja y los entré. Boris se quedó mirándome.
-...lo lamento....yo....
Boris se pasó la mano por el rostro y suspiró.
-Julien ¿Quieres tomarte el día libre?
-Pero estoy bien, yo pue...
-Por el bien de todos, por favor.-Me interrumpió.
Otra vez puse mis manos en la nuca, luego asentí con la cabeza. Dejé la bandeja sobre la mesa junto con mi delantal.


Entré a mi casa y fui a lavarme la cara así despejaba mi cabeza un poco. Mojé mi rostro con ambas manos y me quedé mirando mi reflejo en el espejo. El lado derecho de mi rostro estaba completamente rojo. NO me aterroricé, fue extraño. Mi mano estaba sangrando mucho,no lo había notado. Revolví en el botiquín en busca de algún tipo de vendaje. Solo encontré un poco de gasa, así que rodeé la herida con un poco de presión e hice un nudo a los extremos. Con la otra mano volví a limpiarme el rostro lleno de sangre.
 Me sentía nervioso, triste, y patético por mi comportamiento estúpido. Me puse una camisa, mis tirantes, el saco y salí de casa.
 Comencé a caminar, casi sin pensarlo, la puerta de la casa de Angie estaba abierta, emanaba una luz cálida a a calle oscura por la noche. Seguí caminando unas cuatro cuadras hasta la costa. Comenzaba a sentir la humedad de las playas hasta que llegué a una.
 De pie,iluminado solo por la luz de la luna llena, me quedé mirando las olas rompiendo contra las piedras, pensando en nada.
 Me quité los zapatos, el saco y dejé los tirantes colgando a los lados de mis piernas. Luego me senté en la arena, estaba fresca. Tomé un puñado de arena y dejé que fluyera por mis dedos.
¿Cómo terminé tan solo? ¿Cómo terminé aquí? Si las cosas pasan por algo, ¿por qué todo lo que me sucede es tan malo?
 Tomé otro puñado de arena y lo solté sobre mis pies decalzos. El silencio me relajaba.
 ¿Por qué ya no le importo a mis amigos de Le Mans? ¿Y por qué ella me dejó...
 Tomé un puñado grande de arena y lo tiré con fuerza hacia adelante, con furia. Sentí un vacío en el pecho, la vida me había desconcertado, me había dado el rechazo de todo, y la peor mala suerte que nunca había tenido. Solté una lágrima, casi sin darme cuenta que estaba llorando.
 Sacudí mi saco, lleno de arena y lo posé a mi izquierda. Observé otra vez las olas rompiendo. Rompían como yo, ahora, desmoronándome de a poco. Como las tazas de café....
 Tomé otro puñado de arena. Unos pies descalzos estaban junto a mí. No me dí cuenta al concentrarme tanto en mis pensamientos. Subí la mirada y vi su vestido azul flameando al viento. Solté el puñado de arena sobre mis pies nuevamente, con la misma tranquilidad. Ella se sentó junto a mí, sin decir nada.
 Un perro pasó por delante de nosotros, esparciendo arena por todos lados y sobre nosotros. Ella se comenzó a reír, tenía una risa encantadora y dulce. Yo sonreí acariciando al perro, éste se alejó corriendo.
 Ella posó su mano sobre mi cabeza y revolvió mi rojizo cabello repleto de arena. Se quedó mirando mi mano vendada. Traté de ocultarla con mi otra mano, pero ella la tomó con cuidado y la miró de cerca, la gasa se había teñido de rojo, como sus labios.
-¿Te duele?
Creo que mi mano es lo que menos me dolía en ese momento. Negué con la cabeza.
 Quedamos otra vez mirando hacia el mar, pero no soltó mi mano.

domingo, 6 de julio de 2014

Rocío y los charcos

Rocío saltaba de charco en charco, salpicando agua por doquier mientras que su madre la regañaba para que se detenga. Rocío no entendía a su mamá, con una lluvia tan gruesa no veía por qué le molestaría alguna gotita de agua de esos charcos. A ella le encantaba el agua, la lluvia y todo lo relacionado con el agua. Cuando en el jardín una profesora le dijo que su nombre era el agua que caía por la noche Rocío se puso muy contenta.
La niña seguía saltando, sin importarle nada. La lluvia mojaba sus hermosos bucles, pero de algún modo conservaban la forma. Un charco, salpica, otro charco, salpica, una baldosa floja, se empapa los piesitos. "Rocío, dejá de jugar con los charcos y caminá rápido que está lloviendo mas fuerte", le dijo su mamá. Otra vez no la entendía, si los charcos son tan divertidos para jugar y no le hacen daño a nadie. Y si llueve mas fuerte, mejor, mas charcos para saltar, mas diferente el día de los otros.
 Siguió caminando, pero seguía pisando el agua, esta vez sin tanta euforia para que su madre no se enoje. De pronto ve a unos metros un charco gigante, la tentación era incontrolable. Su imaginación empezó a correr, se imaginaba pisando ese charco gigante y hundiéndose a un mundo bajo el agua, nadando como esas sirenas que aparecen en los dibujitos de la tele. Se imaginaba hablando con los peces que había visto en el acuario la semana pasada. Entonces se detuvo.
-Mami, ¿Por qué nunca fuimos a nadar?- dijo un poco enojada.
La madre la miró y trató de decirle una respuesta creíble.
-Porque no somos acuáticos y tenemos que estar secos...
-¿Qué es "acubáticos"?
-Quiere decir que podemos estar en el agua mucho tiempo. Ahora caminá, que tenemos que estar secas.
Lo que la niña no sabía era que su madre tenía terror por el agua desde muy pequeña, cuando un día la arrolló una ola enorme en la playa y se ahogó.
-Yo quiero ser acubática algún día, entonces.
Luego entraron a una confitería a esperar que pare la lluvia.

domingo, 11 de mayo de 2014

Muñeca de piel.

Julieta estaba cansada de que la traten como una pequeña. A poco de cumplir 18 años ya quería sentirse adulta, sin embargo su cuerpo se lo impedía de algún modo. Ella era muy baja de estatura a pesar de su edad, sus pómulos remarcados y con un sonrojo permanente la hacían ver como una niña. Ella era hermosa, poseía unos rizos colorados perfectos, ojos claros de un verde hierba y la tes bastante pálida. Era alguien a quien daban ganas de proteger, de abrazar y de contener. Pero ella no quería, le gustaba que la trataran bien pero se sentía inútil pareciendo una niña a quien debían consentir.
 Julieta gritaba enfadada a Lucio, su novio.
— Yo realmente no entiendo cómo no te entra en la cabeza. No es muy difícil.
 Lucio la comprendía, pero le resultaba inevitable no tratarla como tal. Un silencio inquietante rodeó la cocina. Lo único que se oía eran los platos de vidrio que ella apoyaba con fuerza sobre la mesada.
— No creo poder tratarte diferente. Vos tampoco te comportas siempre como una adulta- replicó él.
— ¿Venir a tu departamento a cocinarte no es de adulto?
— Sabes a lo que me refiero. Además imagino que venís porque me querés ver, no para cocinarme solamente.
— Pero no tiene nada que ver si me comporto o no como una adulta. Lo que quiero es que no me trates mas como una nena.
— Tengo derecho porque soy mayor que vos- dijo Lucio con un tono de humor.
 Él tenía 20 años, ya estaba tratando de emprender una vida estable. Estudiaba psicología en una universidad cerca de su departamento.
— Te estoy hablando con seriedad, Lucio.
— Yo también- sin embargo, no pudo evitar sonreír. Luego soltó un suspiro, sabía que no iba a ganar la discusión. Le encantaba verla emberrinchada, le daba ternura su voz gritona, se le agudizaba mas que de costumbre.
 Julieta empezó a poner la mesa para el almuerzo.
 Él la toma por la cintura, atrayendola así hacia él.
— Salí, soltame. Total yo soy una boluda bárbara- ella siguió con sus tareas.
— Yo no te dije boluda.
— ¡Pero si me tratás como una!- volvió a gritar.
— ¿Siempre voy a ser yo el que se equivoca?
— A ver si te dejás de victimizar un poco.
— Mirá, me tenés re podrido.
 Ella empezó a sollozar por lo bajo.
 Un estrepitoso ruido inundó la sala. A Julieta se le cayó accidentalmente una ensaladera al suelo, rompiendose así en mil pedazos.
 Comenzó a llorar con mas fuerza mientras trataba de arreglar lo que hizo. Lucio la tomó por la espalda para que se detuviera, pero ella seguía llorando.
— Dale, levantate, no pasa nada. Dejá que yo lo limpio- le dijo, acto siguiente la levantó del suelo cubierto de vidrios hechos añicos.
 La alzó y la posó en el sillón. La tomó de las mejillas para secarle las lágrimas.
— Mirá si serás ruidosa ¿eh?- le dijo sonriendo.
 Mientras él limpiaba el suelo, de a poco ella se iba tranquilizando. Luego de terminar, Lucio le trajo una frazada y la cubrió, como un padre a una niña.
— ¿Ya estás mejor?- le preguntó tomandola de la barbilla. Ella asintió tiernamente.
— Sos de terror- siguió hablando. Luego la besó suavemente- No sé qué voy a hacer con vos.
 Ella lo abrazó fuertemente con sus brazitos. Parecía un mono, viendo el tamño de su cuerpo comparado con la espalda enorme de él.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Capítulo 9, El rompecabezas de la vida.

— ¿Puedo preguntarte algo?
Sin mirarme, asintió con la cabeza.
— ¿Por qué eres tan cambiante?- proseguí- Siento que te pones en contra mío sin razón alguna.
 Sonrió como avergonzada. Pero no respondió, así que el silencio volvió. Solo se escuchaban ruidos provenientes del bar a punto de cerrar, y el zumbido del letrero de luz de "Le voyage á L'oubli".
— Cuentame sobre tí, sobre tu vida.- Insistí, otra vez sonrió y no dijo nada.
— ¿No te encanta el silencio?- comentó- es tan relajante.
 Yo me reí y asentí.
— Si te molesta que hable, deberías decirmelo mas directo.
Las persianas del bar ya se estaban cerrando.
— Mi nombre es Angelina. Vivo aquí desde hace ya cuatro o cinco años. Tengo una hermana en Rusia. Y amo estar descalza.
Solté un corto suspiro, me sentía bien sabiendo que ya me tenía un poco mas de confianza.
— Angelina...-repetí todavía pensando una respuesta- Me gusta tu nombre.
—Tu turno...
— Bueno. Mi nombre es Julien. Vivo aquí hace un par de semanas. Hijo único. Trato de no mirar al pasado.
— Mmm, siento que tienes mucha historia escondida. Es curioso.
— Curiosa es tu vida. Abres y cierras la ventana como si indicara un estado de ánimo. La gente del bar casi ni te conoce. Cambias de humor continuamente.
— Mmm. Yo hablé de curioso, no misterioso.
— Las dos sostienen la misma idea, las ganas de ver eso raro que se esconde.
— ¿Quién sabe? Tal vez alguien tenga misterio, pero tiene una vida normal.
— ¿Tu tienes una vida normal?- Pregunté mirándola fijamente a ese mar azul de sus ojos.
— No. No me gusta el término "ser normal", me suena a que somos todos iguales, pero no es así.
— Ya veo...
 Se la veía tan decidida, tan fuerte. ¿Cuál sería su punto débil? Todos tenemos uno. Desde la ventana vi al dueño del bar partiendo ya hacia su casa. Él alzó la cabeza y nos saludó con la mano. Yo respondí con el mismo gesto, sin embargo Angelina lo miraba fijamente sin expresión alguna.
— ¿Pasa algo?- pregunté a causa de esto.
— No.
— Bueno.- resultaba tan difícil hablar con ella a veces- Cuatro años aquí y ni siquiera saludas a la gente que ves diariamente.
— No soy de socializar mucho. Lo tuyo fue mas por insistencia. Prefiero ver a las personas que veo diariamente del modo que yo imagino que son. La gente suele ser un asco. Me gusta estar sola...- hizo una pausa- ¿Por qué me pones a mí de marginada si a ti es a quien le tiemblan las manos cada vez que hablas con alguien?
— No te pongas a la defensiva- solté una risita. Era tan tierna y hermosa- Eso...eso solo me pasa contigo.
 Volteó la cabeza, como dándome la espalda. Se volvió y tomó una de mis manos, la observaba atentamente.
— Mentiroso- afirmó soltandome de repente.
— Ya no, ya...pude hablarte un poco mas tranquilo.
 Quería besarla, quería llegar a casa y ver mi cara repleta de su labial oscuro en forma de besos. No me animaba ni a mover de su rostro unos pequeños mechones de pelo que la molestaban. >>Soy un desastre<< pensé para mis adentros.
— ¿Por qué hace unos días viniste tan enfadada a mi casa?
— Por el ruido insoportable que hacían.
— Pero...- había otra razón, estaba seguro de ello- es imposible oír algo de mi departamento a esta distancia. El bar hace mas ruido.
No dijo nada, siguió mirando a través de la ventana la oscura noche.
—¿ Y por qué te enfadaste tanto? El problema no era tan grave, de ser cierta esa razón.
Otra vez se quedó callada, se volteó nuevamente dándome la espalda.
— ¿Por qué el cambio repentino de humor, el venir a abrazarme al día siguiente?- Me enfadaba un poco que no me respondiera ninguna pregunta- ¿Por qué pareciera que te importo?
 Se levantó del suelo, casi de un salto.
— Yo nunca dije nada parecido- dijo muy segura de sí misma.
— Entiendo- me puse de pie- debo irme.
 Era muy insoportable no entender nada, realmente no comprendía a aquella chica. Su mirada se tornó un poco triste. Me tomó del brazo.>>¿Por qué es tan histérica? ¿Por qué se hace tan misteriosa?<< Tomé mi abrigo y la miré en silencio.
— Ya sabes dónde encontrarme- le dije. Caminé hasta la puerta y comencé a bajar las escaleras.
— ¡Julién!- gritó desde arriba- adiós...- casi como un silbido por lo bajo.

martes, 4 de marzo de 2014

Dioses.

Los escritores somos como dioses. No hablo de la gloria, el respeto o la admiración que tienen. Somos dioses porque creamos mundos, personas y cosas a nuestro agrado. Los personajes de nuestras historias no saben si existimos o no, ni siquiera si su vida depende de nosotros.
¿Qué tal si nosotros fuéramos historias de escritores y no lo sabemos?
¿Qué tal si nuestros antepasados fueran historias antiguas de nuestro mismo escritor?
Sería un poco triste que nuestros personajes sepan que su creador es una persona un tanto vaga, envuelta en una frazada, bebiendo café, con papel y lápiz en la mano. Seguro piensan que somos un tipo alto, con barba blanca y una túnica marrón(tal como nosotros imaginamos). Es más, se reirían de nosotros por ser (la gran mayoría) unos simples marginados.
Mejor guardemos el secreto. Seamos dioses en cubierto, como nuestro Dios ahora. Ahora me voy a preparar una taza de café...