domingo, 28 de febrero de 2016

Fantasías

Afortunadamente Erica había llegado media hora tarde al aeropuerto, no había tenido tiempo de empacar y no tuvo en cuenta que debía llegar una hora antes del vuelo para hacer el check in y dejar las valijas. Con el corazón en la boca palpitando fuertemente, se sentó en una de las bancas de espera observando fijamente la pantalla que describía con poco detalle la puntualidad de los arribos y partidas. Tenía la mala costumbre de comerse las uñas cuando se ponía nerviosa, y ésta no fue la excepción. Hace muchos años no volaba, pero recordaba muy bien la sensación agradable de mirar por la ventanilla, todo parecía hacerse pequeño. Le resultaba, de algún modo, imposible que semejante aparato de metal pudiera tomar tanta altura. Sostenía que el mundo nos queda demasiado grande a los humanos, que la vida de una persona no alcanza para verlo todo. Esto mismo le sucedía cada vez que veía paisajes impresionantes, como los de Bariloche, de donde iba a partir en aproximadamente media hora. Era como si sus ojos no alcanzaran a apreciar realmente todo lo que debían. Ella trató de fotografiar todo para luego recordarlo, pero sabía que no iba a ser lo mismo después, así que en ocasiones ni siquiera amagó a sacar su cámara de la funda.
El tiempo pasaba y cada vez más personas ocupaban los asientos de espera. Su vuelo era a las cuatro de la tarde, sin embargo no pudo observar ningún avión arribando la pista. La pantalla marcaba todos los vuelos a tiempo, pero resultaba evidente que no era cierto. Sacó su teléfono para ver si la hora era coincidente con la de la pantalla. Una voz la hizo sobresaltar, de los parlantes una mujer solicitaba la presencia de un tal Gerardo Beggeti, y a continuación repitió lo mismo en inglés. Erica guardó su teléfono y se puso de pie para acercarse al ventanal y así observar la pista. 
El vuelo se retrasó una hora, y luego de la espera Erica vio aterrizar el avión con delicadeza. Imaginaba que sería un avión mucho mas grande, pero al ser un viaje interno supuso que era normal. Una vez más la mujer del parlante anunció la llegada del avión de la línea Petrel. Luego de finalizar el anuncio, las personas en el salón se pusieron en pie ya impacientes para viajar. Un hombre con un poco de sobrepeso, camisa blanca y corbata negra indicó a los del vuelo de Petrel que realizaran una fila para entregar los boletos y luego bajar por las escaleras, para así subirse al colectivo que los transportaría hacia el pequeño avión. Uno por uno fueron por las escaleras y  se ubicaron en el colectivo procurando estar cerca de la puerta para lograr bajar antes y así elegir asiento primero que todos. Erica bajó tercera, tuvo la oportunidad de sentarse del lado de la ventanilla. Ya estaba un poco agotada de sus vacaciones. Le gustaba salir, pero no había nada como su hogar cálido y plácido. Observó con detenimiento a cada pasajero que se ubicaba en sus lugares. Había personas que resaltaban de las demás. Una joven con un vestido azul oscuro a cuadros y unos tacones un tanto ajustados se ubicó en el fondo del avión. Cerca de la puerta una pareja de ancianos que no se separaban en absoluto. A dos lugares de Erica, un jóven de gran altura, con mandíbula rígida, de cabellos oscuros cual sombra, notoriamente delgado,  y que parecía confundido y nervioso. 
El dedo anular de Erica comenzó a sangrar luego de haber arrancado por error un pedazo de piel. Se miró las manos con detenimiento, le causaban rechazo. Según la mayoría de los libros que leyó, las manos eran lo primero que observaban los hombres, la parte más delicada de una dama, de donde surgían las caricias y demás cursilerías. Ella soñaba con ser como alguno de esos personajes, poseer la hermosura de esas damas que tanto imaginaba, con sus manos esmaltadas, cabellos perfectamente recogidos, era como un sueño. Pero sabía que estaba muy lejos de ser así. No era una persona muy dedicada a sí misma físicamente, siempre estaba muy atenta a sus planes, su trabajo y olvidaba ponerse atención a sí misma. Debajo de sus anchas ropas se ocultaba un cuerpo hermoso que sin embargo a ella le disgustaba y no se sentía conforme con nada de lo que usara. 
La azafata caminó por el pasillo para controlar que todos tuviesen los cinturones puestos. Una vez que terminó se dirigió hacia la cabina junto con los pilotos. Erica suspiró y sintió un relajo. Minutos después la azafata volvió para comunicar a los pasajeros las malas noticias.
-Lamentamos la siguiente información. Se presencian grandes tormentas en la ciudad de Bahía Blanca por lo que tendremos que retrasar el vuelo por un período de tres horas. Disculpen las molestias.
El relajo de Erica no duró prácticamente nada. Algunos pasajeros maldecían al clima y otros equivocadamente a la empresa. El hombre delgado que parecía confundido lo estaba aún más. Hablaba en inglés con rapidez y repetía que no entendía lo que estaba sucediendo. La azafata lo miró con un poco de miedo, no sabía hablar inglés y trataba de indicarle con señas sin lograr nada. Erica los miró fijamente y sin dudarlo se entrometió en la conversación para ofrecerse como traductora. La azafata, aliviada, aceptó aquello y se retiró. Fluidamente le tradujo la situación del vuelo y éste le agradeció mas tranquilo. No pudo evitar quedarse mirando los ojos del muchacho, eran de un azul grisáceo y resultaban totalmente fríos a diferencia de su cálida sonrisa. Se sintió un poco torpe por aquello y volteó para dirigirse hacia la puerta de salida. 
Ya en el aeropuerto decidió sentarse en la misma banca que antes y sacar el libro que había empezado ni bien llegó a Bariloche, "Aventuras de Arthur Gordon Pym" de Edgard Allan Poe. Le había resultado un poco denso al principio, pero era por mera falta de atención. El joven extranjero se sentó a su lado en silencio y observó con detenimiento cada cartel que rodeaba el salón. Erica notó que por momentos el chico trataba de ojear el título del libro, y ella sólo por diversión tapaba el nombre con sus manos para que no lograra leerlo. Fue entonces que se dio cuenta de lo maltratadas que estaban sus manos y trató de esconderlas con los puños del sweater. Una oleada de calor rodeó el cuerpo de la muchacha y se ruborizó un poco, por lo que decidió cerrar el libro y mirar hacia el lado contrario del que se encontraba el extranjero. 
-Disculpe- dijo el chico con tono británico, extendiendo el señalador de Erica que se había deslizado del libro hasta el suelo.
Ella sonrió y lo guardó entre las hojas que recientemente había leído, luego le agradeció. Unos segundos después el joven volvió a hablar, tenía la voz de un adolescente pero en el cuerpo de alguien de 22 años. Le preguntó sobre el libro y por qué podía hablar inglés de una manera tan fluída. Erica le explicó que cuando era pequeña sus padres la habían inscripto en una academia y en la adolescencia había conseguido el título. Ella siempre había tenido atracción por el continente europeo, podía distinguir sin errar el acento de cada país de habla inglesa. También el hecho de que cantara constantemente canciones en ese idioma le había ayudado mucho a la fonética. 
El muchacho se llamaba Felix, vivía en Londres pero llegó a Argentina al haber ganado un viaje a través de un concurso de dibujo a tinta. Era la primera vez que concursaba porque siempre se había avergonzado de sus dibujos y pinturas, gracias a la insistencia de su profesor de arte logró animarse. Procuraba llegar a Europa antes del 28 de ese mes ya que sería el cumpleaños de su madre y aprovechar para regalarle un frasco de dulce de leche argentino, el favorito de ella. Resultaba sensible y agradable, pero su mirada y su rostro expresaban rudeza, era muy confuso, por momentos parecía estar enojado sin embargo sonreía con naturalidad en otras ocasiones.
 Las tres horas se pasaron volando mediante avanzaba la conversación. Las personas alrededor suyo los miraban con extrañeza tratando de adivinar qué decían. La mujer que había recibido el equipaje de los pasajeros se acercó para dar el ultimo aviso:
-El vuelo tendrá que cancelarse por mal tiempo, sepan disculparnos. Mañana a primera hora de la mañana partirá su vuelo, mientras tanto el aeropuerto se hará cargo de los gastos de estadía por ésta noche.
 Erica sentía pena por aquella noticia, pero a la vez le alegraba saber que podría seguir conversando con Felix por un tiempo mas. Le resultaba muy interesante su manera de hablar, las costumbres de su país, lo que le parecía extraño sobre Argentina. Era algo totalmente nuevo para ella. Tal vez el día parecía interminable, pero no le molestaba que no termine, es más, no quería que termine.
La joven se acercó nuevamente al muchacho para explicarle la situación, él asintió con un suspiro y ambos se dirigieron a buscar el equipaje para llevar al hotel. Por detrás suyo se escuchaba un griterío que provenía de unas señoras que también iban a volar por Petrel, se reían a carcajadas por la mala suerte del vuelo y lo que iban a perder. Erica se rió con algunos comentarios y luego se volvió para hablar con el muchacho. Éste sólo llevaba un bolso mediano de color azul que parecía que estallaría en cualquier momento, las costuras de los lados ya estaban un tanto rotosas.
 Salieron a la puerta del aeropuerto para esperar el transporte que los llevaría al hotel. Hubo un silencio extendido entre ambos, en el cual Erica comenzó a suponer cosas y pensar. En los hoteles no hay habitaciones para una sola persona, ¿o si?-pensaba- Si sólo hay habitaciones matrimoniales o para dos y éste tipo no tiene acompañante...qué enferma. Sentía rechazo de sí misma por imaginar tantas cosas, tantas suposiciones con un hombre que apenas acababa de conocer. Pero también analizaba que ella no era la única que hacía eso, había escuchado miles de veces a sus amigos suponer qué pasaría si la chica que conocieron en tal bar tuviera departamento propio y  así llegar a conrcetar algo, o si la tipa que besaron en la playa tendría pareja o no, porque no ser pareja de una chica con ese cuerpo sería un desperdicio y otras divagaciones más. No, ella no tenía muchas amigas mujeres, siempre se había llevado mejor con el sexo masculino. Razonó que no porque sus amigos lo hicieran resultaba algo sano o lógico. Se había sentido hipnotizada por aquellos ojos grisáceos, sentía un escalofrío en todo el cuerpo de sólo pensar en un beso con alguien así. ¿Pero de qué estaba hablando? Era sólo un muchacho que conoció por mera coincidencia. ¿Y si lograrase irse a vivir a Europa, su contiente favorito? "Bueno, ya pensé muchas tonterías juntas", se dijo para sí misma.
El viento helado la rodeó provocando que le temblara un poco la mandíbula. Felix la miró inexpresivo y le tendió su bufanda de lana. Erica miró las manos del muchacho con atención, eran demasiado perfectas para ser las de un hombre, no por generalizar pero siempre resultan un poco más dañadas que las de las mujeres. Él lo notó y le preguntó si tenía algo en ellas, Erica negó con la cabeza y rodeó la bufanda en su cuello. Tenía su perfume, era demasiado fuerte. La nieve del día anterior estaba desparramada por toda la vereda, y en algunos casos se tornaba resbaladiza al haber sido tan aplastada por los pies de la gente.
El transporte llegó al fin y los llevó a un hotel muy bien mantenido pero con azulejos y tapices un tanto antiguos para la época. Siendo algo gratuito se sintieron cómodos de todos modos. Luego de traducirle a los de la recepción que no venían juntos sino que ella sólo lo ayudaba a ubicarse, les asignaron una habitación matrimonial a cada uno por separado. Por dentro Erica sintió cierta decepción, pero luego tomó en cuenta que sería raro aún para ella compartir habitación con un extraño, pese a que pudieran conversar con mucha confianza.
Se dirigieron por su lado hacia su respectiva habitación. Erica dejó sus cosas sobre la cama y optó por tomar una ducha caliente para mantenerse ocupada, faltaba un poco para la cena y no tenía ganas de leer a Poe. Al salir del baño se dirigió a la cama aún con la toalla rodeando su cuerpo. Se quedó pensativa mirando el bolso lleno de ropa. "Jamás podría seducir a un hombre viéndome como siempre", pensó. Revolvió entre su ropa interior, no había más que boxers femeninos. Tal vez no importa tanto la ropa interior, analizó. Encontró entre las prendas uno de sus vestidos favoritos. No era más que un simple vestido floreado. Era de color beige, le llegaba hasta las rodillas y era un tanto ancho para su menudo cuerpo. Decidió jugarse y sacó un cinturón para usarlo en sus curvas. Seguía siendo ella, el vestido no tenía un largo seductor pero al menos lo había intentado. Sonó la puerta.
 Un hombre semicalvo y en bermudas le avisó que la  cena se encontraba lista en el séptimo piso del hotel. Agradeció con amabilidad y antes de salir recogió su bolso. Por desgracia tuvo que subir los cuatro pisos arriba por la escalera, otros huéspedes habían ocupado ya el ascensor. Su estado físico no era el mejor, pero logró llegar con un poco de aliento al comedor. Miró a su alrededor, no encontraba al muchacho. Su cabeza ya empezaba a generar suposiciones respecto a su ausencia, pero luego las eliminó por completo cuando Félix se posó a su lado y le ofreció que se sentaran juntos. Una amplia sonrisa surgió en su rostro, no podía evitarlo. Hablaron durante horas incluso cuando el resto de los huéspedes ya habían terminado la cena. Era una conversación tan rica en contenidos, tan entretenida que ambos olvidaron lo demás. Finalmente hubo un silencio, ella lo observó con ternura y él tenía la mirada más relajada. Erica pensaba cuán atractivo podía llegar a ser un hombre para ella, y qué chances podría tener con alguien así. Ya eran las doce de la noche y los mozos miraban expectantes a que se retiren para poder terminar de limpiar. Félix se dio cuenta de ese detalle y se ofreció acompañar a la joven a su habitación. Erica sintió un cosquilleo en la panza. Ambos se dirigieron al pasillo y esperaron el ascensor, sus respiraciones eran cada vez más fuertes. Sonó la campanilla y se abrió la puerta. El hombre de bermudas se encontraba dentro con una sonrisa un tanto forzada. Ambos entraron. Éste les daba charla, aunque Félix apenas pudiera entender el español. El oxígeno dentro de la cabina era muy reducido, sin mencionar que el semicalvo transpiraba como un oso en verano. El hecho de usar bermudas en invierno era un poco más comprensible.
 Llegaron al tercer piso y sin dudarlo bajaron con rapidez. Saludaron con un gesto al señor y luego se miraron para comentar aquel momento incómodo. La habitación se encontraba al final del pasillo. Entre risas y tratando de hacer silencio llegaron a la habitación 142. Erica buscó la llave en su bolso. El muchacho un poco inquieto le preguntó si quisiera desayunar con ella al día siguiente. Ella respondió que sí y al fin sacó la llave para introducirla en el picaporte. Félix la miró con deseo, luego la saludó para ir a su habitación en el piso de arriba. Erica sintió un puntazo en el cuello, no comprendía su actitud. ¿Por qué se había acercado tanto? Tal vez sólo buscaba alguien con quien pasar el rato. ¿Y si fuera gay? No, había notado cómo miró a la recepcionista con su escote excesivo.
Erica sonrió y luego se metió en la habitación. Con desgana se dejó caer sobre la cama. Tenía ganas de llorar. ¿Pero por qué? Era sólo un muchacho. Había conocido muchos como él. Pero claro, nadie le resultaba tan interesante. Además sentía que él la había logrado ver con otros ojos, la miraba con curiosidad, como quien quiere  desvelar un misterio. Una lágrima recorrió su mejilla, no sabía con exactitud si era a causa del cansancio que tenía o simplemente por todo lo que acababa de pasar.
La puerta sonó. Erica no se movió, no tenía ganas de encontrarse otra vez con el hombre semicalvo. Alguien golpeó otra vez la puerta. Juntó fuerzas y se puso de pie. Trató de limpiar su maquillaje corrido con rapidez y luego abrió.
-Hola
 Sí, era el joven de ojos grisáceos. Ella respondió al saludo y luego preguntó por qué se había acercado. Félix rascó su recortada barba y sonrió. Luego le dijo que no le había devuelto la bufanda. Ella sin pensarlo entró a la habitación dejando la puerta abierta. Sobre la cómoda estaba la bufanda color verde pino. Tenía la mente tan ocupada que había olvidado por completo ese elemento. Félix miraba el suelo golpeando sus zapatillas entre sí. Erica extendió la prenda y el muchacho la tomó. Sus manos se habían tocado. Como en una película romántica, Erica sintió ver sus manos en cámara lenta. Un cosquilleo en su piel. Imaginó sus manos perfectas y esmaltadas entrelazándose junto a las de él, parecían manos de pianista. Sintió que tal vez podía ser posible ser como sus personajes favoritos, sentir que un hombre puede amarla, ser contenida por unos cálidos brazos. El joven tomó su mano sin escrúpulos. Luego le preguntó si lo dejaba pasar.

martes, 17 de noviembre de 2015

Otoño y esas cosas

-Me dijiste que querías hablar conmigo, pasó algo?
El viento revuelve el pelo de Erica, pinchando sus ojos como pequeñas agujas. Trata de quitarlo de su rostro aunque resulte inútil. Gabriel la mira con curiosidad a su lado. La plaza estaba casi vacía. Las hojas de otoño se escurren por el suelo alrededor del banco produciendo un ruido muy tranquilizante. -Sí
 Hay un silencio. Gabriel espera una respuesta pero no la recibe.
-Qué pasó?
-Te extraño-soltó ella.
-Aaah, así que es eso.-Gabriel golpea su pierna como exagerando una sorpresa-Bueno. Pero ya te dije que no te amo.
-Lo sé. Y yo te dije que te amo.
-Qué dilema
Él se apoya contra el respaldo del banco y se cruza de brazos.
 -Me amaste cuando me besaste? Cuando me dijiste que era la única persona en tu cabeza? cuando me mirabas con deseo en los ojos?-la mirada de Erica expresaba tristeza, pero esperanza. No hacía más que pensar en el pasado.
-No lo sé-dice Gabriel de manera cortante
-No lo sé no es una respuesta. Me amaste o no me amaste?
 Él trata de esquivar la mirada de Erica. Se siente muy presionado.
-Te quise, no te amé.
-Te aburrí?
-Erica...
-Qué?
-Basta
-Basta de qué?
-De seguir con cosas del pasado. Para qué venís con cosas viejas? Sabes que no te amo y eso no va a cambiar
-Estás seguro?
-Muy
-Alguien te ha amado como yo?
-No
-Entonces?
Gabriel se queda pensativo.
-Una cosa es que te amen, y otra cosa es amar. Si yo no te amo, no soy feliz. Y por lo que veo vos tampoco
-Callate
 Otro silencio aparece en escena. Cada vez mas incómodo
-Te acordas de ese día en la playa? Ese día en que me dijiste "sos lo que mas amo en el mundo, y no te voy a dejar jamás"?
-El amor es eterno mientras dura, como dice Ismael.
Erica se queda callada y lo mira con enojo y resentimiento.
-Me dan ganas de pegarte
-Si? Por qué? Porque tengo razón?
 Ella duda pero luego responde.
-No. Porque no me amas y eso me enoja.
-Ya va a haber alguien que te ame-suspira.
Erica no puede contener las lágrimas, esquiva la mirada para que no la vea, pero ya es evidente. Le duele el pecho, sus ojos están rojos. Rompe en llanto como una niña.
-No llores, querida. Me vas a hacer cambiar de opinión.
 Deja de llorar repentinamente y lo mira a los ojos.
-que?
-de haber querido venir a vernos, dejame terminar de hablar
-ah...
 Las hojas se posan en los pies de la ex pareja, juegan entre sí con el viento. El sonido de las ramas en movimiento en las copas de los arboles se asemeja al correr de un río.
-Está bien...te mentí
-cómo?-pregunta Erica perpleja
-Te amo, Eri. Nunca dejé de amarte. Pero a veces me aburro, soy como un niño
Ella reposa la espalda sobre el banco al igual que él con un bufido de por medio. Se cruza de piernas
-Sos tan inmaduro como uno
-Si... bastante. Pero siento que no puedo darte lo que buscas
Una expresión de asombro, impotencia y enojo se reflejan en el rostro de la chica
-Excusas. Es increible que tenga tantas ganas de golpearte
-Tal vez pueda cambiar para que seamos felices
Ella suelta una risotada muy exagerada. -como las ultimas veces? Sos un mentiroso, nunca cambias
-Ves? Es porque no te amo. Si te amara, cambiaría. Ahora dejemos de hablar de cosas del pasado
 Se queda con la mirada fija en el, sus ojos vuelven a humedecerse, por primera vez logra sentir todo el peso de su cuerpo como una carga, no lo entiende.
-Sos un desalmado! Me ilusionas diciendo que me amas..
-Y vos te lo crees pero después notas que no es cierto y te enojas porque yo tengo razón
Gabriel sigue sin mirarla, su vista solo se fija en los árboles de ciruelo.Sabe que no puede mirarla y ver su dolor. No la ama, es cierto. La quiere? Tal vez...
-Supongo que si-responde Erica con un hilo de voz
-Bien
-Bien
-Te odio
-Eso sí que es mentira-Gabriel la mira a los ojos al fin pero se vuelve a las hojas rosadas.
-Lo sé...

martes, 6 de enero de 2015

Perdón

La tormenta azotaba contra la ventana, las grandes gotas reventaban contra el vidrio como si fueran pequeñas bombas que llenaban el silencio de la habitación de Diana. Ella estaba recostada en su cama, con todo el maquillane corrido y los pelos alborotados. Lloraba sin parar y no le importara que puedan escucharle los vecinos. Un relámpago iluminó su rostro desalineado y entonces se asustó. El ruido del trueno sonó como un disparo e hizo que ella se estremeciera, sintiendose aun peor, llorando aun con mas fuerza. Sus ojos estaban muy hinchados y rojos, pero ni lo notó. Diana pensó que sería mas deprimente encender la luz y mirarse al espejo. Sabia que se veia terrible.
Decidió buscar algo reconfortante, se arrastró de la cama al suelo. La alfombra le raspaba las rodillas pero no se iba a levantar. Se dirigio a la cocina y se sentó frente la heladera. Abrio la puerta, no habia nada, solo huevos y leche. Habia olvidado ir al mercado, no le gustaba ir a comprar, decía que le daba verguenza. Cerró la puerta porque le dió frío. Entonces trató de ponerse en pie ayudandose con la mesada, lo consiguió. Tomó una taza y abrió la puertita de la alacena para buscar el café instantaneo. Un pinchazo en el pecho hizo que volvieran a salir lagrimas de sus ojos. Junto al frasco de café había una cajita con tés saborizados. Tomó la caja y la abrió, sacó uno por uno los saquitos y los puso sobre la mesa. "A el le encantaba el té, pensó. Puso la pava con agua en el fuego y buscó una taza. Preparó un té de frambuesa y se quedó mirando el color rosado del liquido. Tomó la taza y bebió un sorbo caliente. Escupió todo sobre la mesada. "Por qué le gustaba tanto? Sabe a jugo caliente", pensó Diana. Le pareció algo espantoso. Su intento de reconfortarse le había salido realmente mal. Cogió otra taza y con el agua caliente que sobró se preparó un café con leche.
Diana volvió a la cama con la taza entre las manos. La tormenta no habia cesado. "A el le encantaban las tormentas", pensó mientras revolvía su café con la cucharita. Pasó las manos por sus piernas, estaban muy suaves, como a él le gustaba. Terminó su café pronto, no estaba muy caliente. Se dio cuenta que había prendido la luz, por distraida no lo vió, se puso de pie para apagarla. De pronto se horrorizó por su aspecto, su rostro se reflejó en el espejo de la cómoda. Apagó la luz y corrió hacia la cama para taparse con la frazada y seguir con el llanto. Otro trueno la hizo saltar de la cama, tenía mucho miedo. Se acercó al ventanal y corrió la cortina. El agua golpeaba con mucha fuerza el vidrio. Diana abrió la ventana sin pensar, como si no le importara nada. Salió al balcón y la lluvia cayó sobre ella como una catarata. Empapada y con frio ella se quedó ahí un rato, con los ojos cerrados y los brazos estirados. "Habré perdido la cabeza?" Pensó tranquila. Despues de unos diez minutos entró. Un charco grande junto a la ventana reflejaba a Diana desde abajo. Se sacudió como si fuera un perro.
Se sentó en el sillón y comenzó a desenredar su cabello. "No debería haberse ido. No quería que me deje. No puedo soportarlo" pensaba y pensaba sintiendose aun peor.
Toc toc...
La puerta sonó. Ella tiró un almohadón contra la puerta diciendo que no había nadie en casa. Una voz firme respondio gritando su nombre: Diana!
Diana se asustó. No podia se posible. Se tapó los oídos. "Ya enloquecí, no puede ser. No estoy loca. Es solo un sueño como los otros. Él no va a volver. No va a volver". Volvió a sonar la puerta, pero con un ruido mas estrepitoso.
-Diana!
-Basta!-gritó nerviosa. Cerró los ojos y las lágrimas caían rápidamente.
Golpearon la puerta muchas veces, luego se detuvo.
Ella se destapó los oídos y se puso de pie frente a la puerta. Si la abría sabría si fue solo una ilusión, o encontraría al amor de su vida frente a sus ojos. Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Abrió la puerta. No había nadie...
Su corazón latía velozmente. Nunca había sentido una ilusión semejante. Había enloquecido, no habría otra razón que encajara. Sus piernas dejaron de responderle. Cayó al suelo y rodeó sus piernas con los brazos y siguió llorando. Sintió de repente un sentimiento tranquilo, como un alivio. Sintió un calor en su espalda. Él la estaba abrazando, como protegiendola, conteniendola. Diana lo miró, sonrió ampliamente, y lo abrazó fuertemente con un leve sollozo.
-Perdón.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Noches de verano

Verano, sol, calor, amor, pasión, sudor.
El verano llegó. No trabajo, no estudio. Sí paz, si pausas, sí relajo.
Atardeceres con primeros besos que luego terminan en cálidas noches apasionadas, en un departamento. Las ventanas abiertas. La cortina choca contra la baranda del balcón. Un viento fresco alivia los cuerpos desnudos.
 Una noche sin pensar, tal vez de impulso, tal vez de miedo, tal vez de amor verdadero.
Pieles pálidas que pronto tomarán algo de calor. Compartiendo sudor, sin repugnancia, sin siquiera pensarlo. Silencios necesarios, silencios cómodos. Un beso.
 Un beso escondido, uno que regenera toda la pasión. Las lenguas se enlazan como abrazos, buscan algo que no saben. 
Una pequeña y corta lluvia que comienza fuertemente y termina lentamente. Un cuerpo goteando, mojado, libre, en el balcón. Una locura.
Un abrazo empapado y el típico beso de película bajo la lluvia.
Corazones latiendo fuerte.
Un sueño, no despertar mas. Un recuerdo, una mirada. Un ayer y un mañana. Pero la importancia siempre en el presente.

domingo, 13 de julio de 2014

Capítulo 10, El rompecabezas de la vida

Caminé hasta casa y luego de entrar cerré la puerta de un portazo. Me tiré sobre la cama sin siquiera quitarme la ropa. Me quedé así, tendido, mirando la pared blanca y un tanto húmeda. No sabía qué pensar, tenía la mente en blanco. Ella no hacía mas que darme signos confusos de todo. Me abraza, me toma del brazo, me habla prácticamente solo a mí. Y sino me ignora, me grita, desconfía. ¿Por qué tanta desconfianza? ¿Qué es lo que tanto esconde?
 Me desperté sobresaltado de la cama. Me encontraba completamente sudado, así que decidí tomar una ducha.
 Preparé un café, eran unos minutos pasados del mediodía, me acerqué a la ventana y cerré la cortina, no sé bien por qué. Sobre la mesa había dejado un par de bocetos del retrato de Angelina, los tomé y me los quedé mirando. Angelina...qué mujer mas... Suspiré y arrugué los bocetos, no eran nada comparados con ella. Me daba vergüenza pensar cosas tan cursis.
Entré a trabajar, miré su ventana, estaba abierta. Atendí varias mesas, no vino mucha gente mas que los consumidores cotidianos. Boris estuvo muy atento si llegaba a venir su amada, pero no sucedió.


Luego de limpiar los baños, decidí tomar un poco de aire, el calor era insoportable. Maldita casualidad.
 Ella se encontraba allí, cruzando la calle frente la puerta de su casa. Llevaba un vestido liviano color azul, hacía juego con sus ojos. Esos ojos me miraron de repente y se clavaron fijos en mí. Su rostro mostraba algo de preocupación, hizo una mueca tratando de sonreír. Yo no pude evitar sonreír también, aunque con menos lamentos, no podía enfadarme con ella, no sé por qué.
 Comenzó a caminar hacia mí, sonriendo cada vez mas naturalmente. Sus cabellos rebeldes que se habían salido de su cola de caballo, revoloteando por su largo y delicado cuello.
-Hola- me dijo una vez que se acercó a mí.
-Hola Angelina- no sé por qué dije su nombre. Me encantaba.
Se acercó un poco mas, y con algo de desconfianza me abrazó despacio. Un poco tímido la seguí, la rodeé con mis brazos inundandome en su perfume, parecido al de una cereza.
-¡Fleur!
Un tipo gritaba fuertemente desde la cuadra de enfrente. Angelina se volteó.
-¿Francis?- le dijo ella, y de repente me soltó.
 Ese tipo se le acercó, riéndose y luego la abrazó levantándola en brazos. Yo me quedé ahí de pie junto a las mesas del bar, sin comprender nada. A ella se la notaba contenta, pero un tanto incómoda, no tanto como yo.
-Am...bueno. ¿Qué haces por aquí? Pensé que te habías ido a París para siempre.
-No, volví por ti- afirmó él, mirándome con una sonrisa maliciosa. Solté un bufido inconsciente, y me avergonzó haberlo hecho. Ella me miró como confundida. Yo no debía quedarme allí mas tiempo.
-Bueno, supongo que debo seguir trabajando.
- Seguro que sí- dijo el tipo. Una amargura me rodeó el pecho, sin decir mas nada, me retiré para entrar en el café y seguir trabajando. Ellos se metieron en el departamento.
 Se me hacía difícil no pensar en los dos juntos, haciendo quien sabe qué. ¿Quién era ese tipo? Sí, al parecer es un tal Francis. Pero, ¿Qué relación tiene con ella?
Cuando sentía que las cosas se iban moldeando, aparece este fanfarrón de la nada. ¿Por qué no se quedó en París? Aquí nadie lo necesita.
 Mientras llevaba un té con limón a una de las mesas, comencé a reírme, sin poder evitarlo. ¿Era cierto? Sentía celos, sí, algo que nunca había sentido. Me recorría todo el cuerpo, como la sangre en mis venas.


Pasada ya una hora, me asomo a la vidriera del bar, observo su ventana. Ese Francis estaba parado justo al lado de la ventana. "Cómo te empujaría desde allí", pensé, exagerando mas que nunca. Otra vez me reí, pero de mi pensamiento. Francis se volteó justo y me miró. Simulé estar acomodando una de las sillas junto a mí. Volví la mirada hacia él, sonrió otra vez con sus dientes amarillentos pero casi perfectos, y cerró la ventana, incluyendo las cortinas.
Un calor me envolvió de repente. Pero me dirigí hacia la barra para olvidar todo.
-¡Qué rostro!- exclamó Boris.
-¿Qué? Estoy normal.
-Sí, claro...-Mhm- asentí, sin ganas de platicar.
-Lo vi todo, aunque no me hayas visto tu a mí- respondió, acomodando unas copas en uno de los escaparates.
 Me sentía enfadado, no necesitaba opiniones de otros. Tomé una bandeja con un par de cafés y los llevé hacia una de las mesas de afuera. Se oían risas desde la ventana, luego una música tranquila. Mi imaginación me descolocaba tratando de pensar qué hacían allí arriba. En mi cabeza se repetía una y otra vez las manos de ese tipo en la cintura de Angelina, su cara de deseo y satisfacción. Me producía un asco inmenso, y me causaba impotencia no poder hacer nada al respecto.
 Mi mente, aislada de la realidad, no me ayudaba en nada. Cuando traté de apoyar uno de los cafés sobre la mesa, se me cayó la bandeja completa, causando un estrepitoso ruido. Subí mis manos a mi nuca en un intento de relajarme, luego pedí perdón a la pareja sentada en la mesa y me puse a levantar los trastos del suelo.
-¡Julién!- gritó Angelina desde la ventana, con una expresión de preocupación-¿Te encuentras bien?
La miré fijamente, Francis la tenía tomada por la cintura, ella le quitó la mano bruscamente. Sentí una rabia terrible por ese abusador. No dije nada, puse los trozos rotos de vidrio sobre la bandeja y los entré. Boris se quedó mirándome.
-...lo lamento....yo....
Boris se pasó la mano por el rostro y suspiró.
-Julien ¿Quieres tomarte el día libre?
-Pero estoy bien, yo pue...
-Por el bien de todos, por favor.-Me interrumpió.
Otra vez puse mis manos en la nuca, luego asentí con la cabeza. Dejé la bandeja sobre la mesa junto con mi delantal.


Entré a mi casa y fui a lavarme la cara así despejaba mi cabeza un poco. Mojé mi rostro con ambas manos y me quedé mirando mi reflejo en el espejo. El lado derecho de mi rostro estaba completamente rojo. NO me aterroricé, fue extraño. Mi mano estaba sangrando mucho,no lo había notado. Revolví en el botiquín en busca de algún tipo de vendaje. Solo encontré un poco de gasa, así que rodeé la herida con un poco de presión e hice un nudo a los extremos. Con la otra mano volví a limpiarme el rostro lleno de sangre.
 Me sentía nervioso, triste, y patético por mi comportamiento estúpido. Me puse una camisa, mis tirantes, el saco y salí de casa.
 Comencé a caminar, casi sin pensarlo, la puerta de la casa de Angie estaba abierta, emanaba una luz cálida a a calle oscura por la noche. Seguí caminando unas cuatro cuadras hasta la costa. Comenzaba a sentir la humedad de las playas hasta que llegué a una.
 De pie,iluminado solo por la luz de la luna llena, me quedé mirando las olas rompiendo contra las piedras, pensando en nada.
 Me quité los zapatos, el saco y dejé los tirantes colgando a los lados de mis piernas. Luego me senté en la arena, estaba fresca. Tomé un puñado de arena y dejé que fluyera por mis dedos.
¿Cómo terminé tan solo? ¿Cómo terminé aquí? Si las cosas pasan por algo, ¿por qué todo lo que me sucede es tan malo?
 Tomé otro puñado de arena y lo solté sobre mis pies decalzos. El silencio me relajaba.
 ¿Por qué ya no le importo a mis amigos de Le Mans? ¿Y por qué ella me dejó...
 Tomé un puñado grande de arena y lo tiré con fuerza hacia adelante, con furia. Sentí un vacío en el pecho, la vida me había desconcertado, me había dado el rechazo de todo, y la peor mala suerte que nunca había tenido. Solté una lágrima, casi sin darme cuenta que estaba llorando.
 Sacudí mi saco, lleno de arena y lo posé a mi izquierda. Observé otra vez las olas rompiendo. Rompían como yo, ahora, desmoronándome de a poco. Como las tazas de café....
 Tomé otro puñado de arena. Unos pies descalzos estaban junto a mí. No me dí cuenta al concentrarme tanto en mis pensamientos. Subí la mirada y vi su vestido azul flameando al viento. Solté el puñado de arena sobre mis pies nuevamente, con la misma tranquilidad. Ella se sentó junto a mí, sin decir nada.
 Un perro pasó por delante de nosotros, esparciendo arena por todos lados y sobre nosotros. Ella se comenzó a reír, tenía una risa encantadora y dulce. Yo sonreí acariciando al perro, éste se alejó corriendo.
 Ella posó su mano sobre mi cabeza y revolvió mi rojizo cabello repleto de arena. Se quedó mirando mi mano vendada. Traté de ocultarla con mi otra mano, pero ella la tomó con cuidado y la miró de cerca, la gasa se había teñido de rojo, como sus labios.
-¿Te duele?
Creo que mi mano es lo que menos me dolía en ese momento. Negué con la cabeza.
 Quedamos otra vez mirando hacia el mar, pero no soltó mi mano.

domingo, 6 de julio de 2014

Rocío y los charcos

Rocío saltaba de charco en charco, salpicando agua por doquier mientras que su madre la regañaba para que se detenga. Rocío no entendía a su mamá, con una lluvia tan gruesa no veía por qué le molestaría alguna gotita de agua de esos charcos. A ella le encantaba el agua, la lluvia y todo lo relacionado con el agua. Cuando en el jardín una profesora le dijo que su nombre era el agua que caía por la noche Rocío se puso muy contenta.
La niña seguía saltando, sin importarle nada. La lluvia mojaba sus hermosos bucles, pero de algún modo conservaban la forma. Un charco, salpica, otro charco, salpica, una baldosa floja, se empapa los piesitos. "Rocío, dejá de jugar con los charcos y caminá rápido que está lloviendo mas fuerte", le dijo su mamá. Otra vez no la entendía, si los charcos son tan divertidos para jugar y no le hacen daño a nadie. Y si llueve mas fuerte, mejor, mas charcos para saltar, mas diferente el día de los otros.
 Siguió caminando, pero seguía pisando el agua, esta vez sin tanta euforia para que su madre no se enoje. De pronto ve a unos metros un charco gigante, la tentación era incontrolable. Su imaginación empezó a correr, se imaginaba pisando ese charco gigante y hundiéndose a un mundo bajo el agua, nadando como esas sirenas que aparecen en los dibujitos de la tele. Se imaginaba hablando con los peces que había visto en el acuario la semana pasada. Entonces se detuvo.
-Mami, ¿Por qué nunca fuimos a nadar?- dijo un poco enojada.
La madre la miró y trató de decirle una respuesta creíble.
-Porque no somos acuáticos y tenemos que estar secos...
-¿Qué es "acubáticos"?
-Quiere decir que podemos estar en el agua mucho tiempo. Ahora caminá, que tenemos que estar secas.
Lo que la niña no sabía era que su madre tenía terror por el agua desde muy pequeña, cuando un día la arrolló una ola enorme en la playa y se ahogó.
-Yo quiero ser acubática algún día, entonces.
Luego entraron a una confitería a esperar que pare la lluvia.

domingo, 11 de mayo de 2014

Muñeca de piel.

Julieta estaba cansada de que la traten como una pequeña. A poco de cumplir 18 años ya quería sentirse adulta, sin embargo su cuerpo se lo impedía de algún modo. Ella era muy baja de estatura a pesar de su edad, sus pómulos remarcados y con un sonrojo permanente la hacían ver como una niña. Ella era hermosa, poseía unos rizos colorados perfectos, ojos claros de un verde hierba y la tes bastante pálida. Era alguien a quien daban ganas de proteger, de abrazar y de contener. Pero ella no quería, le gustaba que la trataran bien pero se sentía inútil pareciendo una niña a quien debían consentir.
 Julieta gritaba enfadada a Lucio, su novio.
— Yo realmente no entiendo cómo no te entra en la cabeza. No es muy difícil.
 Lucio la comprendía, pero le resultaba inevitable no tratarla como tal. Un silencio inquietante rodeó la cocina. Lo único que se oía eran los platos de vidrio que ella apoyaba con fuerza sobre la mesada.
— No creo poder tratarte diferente. Vos tampoco te comportas siempre como una adulta- replicó él.
— ¿Venir a tu departamento a cocinarte no es de adulto?
— Sabes a lo que me refiero. Además imagino que venís porque me querés ver, no para cocinarme solamente.
— Pero no tiene nada que ver si me comporto o no como una adulta. Lo que quiero es que no me trates mas como una nena.
— Tengo derecho porque soy mayor que vos- dijo Lucio con un tono de humor.
 Él tenía 20 años, ya estaba tratando de emprender una vida estable. Estudiaba psicología en una universidad cerca de su departamento.
— Te estoy hablando con seriedad, Lucio.
— Yo también- sin embargo, no pudo evitar sonreír. Luego soltó un suspiro, sabía que no iba a ganar la discusión. Le encantaba verla emberrinchada, le daba ternura su voz gritona, se le agudizaba mas que de costumbre.
 Julieta empezó a poner la mesa para el almuerzo.
 Él la toma por la cintura, atrayendola así hacia él.
— Salí, soltame. Total yo soy una boluda bárbara- ella siguió con sus tareas.
— Yo no te dije boluda.
— ¡Pero si me tratás como una!- volvió a gritar.
— ¿Siempre voy a ser yo el que se equivoca?
— A ver si te dejás de victimizar un poco.
— Mirá, me tenés re podrido.
 Ella empezó a sollozar por lo bajo.
 Un estrepitoso ruido inundó la sala. A Julieta se le cayó accidentalmente una ensaladera al suelo, rompiendose así en mil pedazos.
 Comenzó a llorar con mas fuerza mientras trataba de arreglar lo que hizo. Lucio la tomó por la espalda para que se detuviera, pero ella seguía llorando.
— Dale, levantate, no pasa nada. Dejá que yo lo limpio- le dijo, acto siguiente la levantó del suelo cubierto de vidrios hechos añicos.
 La alzó y la posó en el sillón. La tomó de las mejillas para secarle las lágrimas.
— Mirá si serás ruidosa ¿eh?- le dijo sonriendo.
 Mientras él limpiaba el suelo, de a poco ella se iba tranquilizando. Luego de terminar, Lucio le trajo una frazada y la cubrió, como un padre a una niña.
— ¿Ya estás mejor?- le preguntó tomandola de la barbilla. Ella asintió tiernamente.
— Sos de terror- siguió hablando. Luego la besó suavemente- No sé qué voy a hacer con vos.
 Ella lo abrazó fuertemente con sus brazitos. Parecía un mono, viendo el tamño de su cuerpo comparado con la espalda enorme de él.