Se dirigieron por su lado hacia su respectiva habitación. Erica dejó sus cosas sobre la cama y optó por tomar una ducha caliente para mantenerse ocupada, faltaba un poco para la cena y no tenía ganas de leer a Poe. Al salir del baño se dirigió a la cama aún con la toalla rodeando su cuerpo. Se quedó pensativa mirando el bolso lleno de ropa. "Jamás podría seducir a un hombre viéndome como siempre", pensó. Revolvió entre su ropa interior, no había más que boxers femeninos. Tal vez no importa tanto la ropa interior, analizó. Encontró entre las prendas uno de sus vestidos favoritos. No era más que un simple vestido floreado. Era de color beige, le llegaba hasta las rodillas y era un tanto ancho para su menudo cuerpo. Decidió jugarse y sacó un cinturón para usarlo en sus curvas. Seguía siendo ella, el vestido no tenía un largo seductor pero al menos lo había intentado. Sonó la puerta.
Un hombre semicalvo y en bermudas le avisó que la cena se encontraba lista en el séptimo piso del hotel. Agradeció con amabilidad y antes de salir recogió su bolso. Por desgracia tuvo que subir los cuatro pisos arriba por la escalera, otros huéspedes habían ocupado ya el ascensor. Su estado físico no era el mejor, pero logró llegar con un poco de aliento al comedor. Miró a su alrededor, no encontraba al muchacho. Su cabeza ya empezaba a generar suposiciones respecto a su ausencia, pero luego las eliminó por completo cuando Félix se posó a su lado y le ofreció que se sentaran juntos. Una amplia sonrisa surgió en su rostro, no podía evitarlo. Hablaron durante horas incluso cuando el resto de los huéspedes ya habían terminado la cena. Era una conversación tan rica en contenidos, tan entretenida que ambos olvidaron lo demás. Finalmente hubo un silencio, ella lo observó con ternura y él tenía la mirada más relajada. Erica pensaba cuán atractivo podía llegar a ser un hombre para ella, y qué chances podría tener con alguien así. Ya eran las doce de la noche y los mozos miraban expectantes a que se retiren para poder terminar de limpiar. Félix se dio cuenta de ese detalle y se ofreció acompañar a la joven a su habitación. Erica sintió un cosquilleo en la panza. Ambos se dirigieron al pasillo y esperaron el ascensor, sus respiraciones eran cada vez más fuertes. Sonó la campanilla y se abrió la puerta. El hombre de bermudas se encontraba dentro con una sonrisa un tanto forzada. Ambos entraron. Éste les daba charla, aunque Félix apenas pudiera entender el español. El oxígeno dentro de la cabina era muy reducido, sin mencionar que el semicalvo transpiraba como un oso en verano. El hecho de usar bermudas en invierno era un poco más comprensible.
Llegaron al tercer piso y sin dudarlo bajaron con rapidez. Saludaron con un gesto al señor y luego se miraron para comentar aquel momento incómodo. La habitación se encontraba al final del pasillo. Entre risas y tratando de hacer silencio llegaron a la habitación 142. Erica buscó la llave en su bolso. El muchacho un poco inquieto le preguntó si quisiera desayunar con ella al día siguiente. Ella respondió que sí y al fin sacó la llave para introducirla en el picaporte. Félix la miró con deseo, luego la saludó para ir a su habitación en el piso de arriba. Erica sintió un puntazo en el cuello, no comprendía su actitud. ¿Por qué se había acercado tanto? Tal vez sólo buscaba alguien con quien pasar el rato. ¿Y si fuera gay? No, había notado cómo miró a la recepcionista con su escote excesivo.
Erica sonrió y luego se metió en la habitación. Con desgana se dejó caer sobre la cama. Tenía ganas de llorar. ¿Pero por qué? Era sólo un muchacho. Había conocido muchos como él. Pero claro, nadie le resultaba tan interesante. Además sentía que él la había logrado ver con otros ojos, la miraba con curiosidad, como quien quiere desvelar un misterio. Una lágrima recorrió su mejilla, no sabía con exactitud si era a causa del cansancio que tenía o simplemente por todo lo que acababa de pasar.
La puerta sonó. Erica no se movió, no tenía ganas de encontrarse otra vez con el hombre semicalvo. Alguien golpeó otra vez la puerta. Juntó fuerzas y se puso de pie. Trató de limpiar su maquillaje corrido con rapidez y luego abrió.
-Hola
Sí, era el joven de ojos grisáceos. Ella respondió al saludo y luego preguntó por qué se había acercado. Félix rascó su recortada barba y sonrió. Luego le dijo que no le había devuelto la bufanda. Ella sin pensarlo entró a la habitación dejando la puerta abierta. Sobre la cómoda estaba la bufanda color verde pino. Tenía la mente tan ocupada que había olvidado por completo ese elemento. Félix miraba el suelo golpeando sus zapatillas entre sí. Erica extendió la prenda y el muchacho la tomó. Sus manos se habían tocado. Como en una película romántica, Erica sintió ver sus manos en cámara lenta. Un cosquilleo en su piel. Imaginó sus manos perfectas y esmaltadas entrelazándose junto a las de él, parecían manos de pianista. Sintió que tal vez podía ser posible ser como sus personajes favoritos, sentir que un hombre puede amarla, ser contenida por unos cálidos brazos. El joven tomó su mano sin escrúpulos. Luego le preguntó si lo dejaba pasar.