Siempre anduvimos viajando con mi familia, o al menos mudándonos
de casa en casa. Habré estado en 4 casas diferentes y habré pasado por 6
colegios en mi infancia.
Tendría eso de 7 u 8 años, en esos días donde yo vivía en
Puerto Madryn y lo único que me importaba era cómo iba a vestir a mi muñeca
Barbie cuando llegara a casa. Me gustaba dibujar mucho, siempre lo hice, además
mis papás siempre me apoyaron en eso aunque no me saliera tan bien. Recuerdo
que estaba empezando el año en el colegio y acostumbrada siempre a que cada año tuviera nuevas personas junto
a mí, ya que cambiaba de escuelas cada año. Asustada e ingenua me resignaba a
ir al colegio, discutiendo estúpidamente con mi mamá.
Al llegar al colegio, ingresé a mi aula y observé las
personas que había. Estupidamente me puse contenta. Cuando llegué a casa le
dije con astucia a mi mamá “¡Tengo los mismos amigos que el año pasado!”
Recordarlo ahora me da vergüenza, pero es aceptable, era muy
pequeña.
Creo que mi infancia fue algo movida. Cuando estuve en
Bariloche-Lugar donde nací- disfrutaba mucho el colgarme de los árboles que
había en el patio de mi casa, raspándome los dedos con las ramas y cayéndome unas
cuantas veces, luego llegar a casa y sentir las manos pegajosas por la resina o
trementina de las hojas. De chica nunca tuve mucho asco a la suciedad. Con mi
hermana nos poníamos en el patio a hacer tortas de barro y lo decorábamos con
flores que encontrábamos en el piso. Teníamos una cocina de juguete donde
siempre encontrábamos arañas, no sé muy
bien donde habrá quedado esa cocina.
Algunas veces cuando venían unos amigos nuestros nos juntábamos
en nuestra habitación y con una caja alargada, un banquito, un micrófono de
juguete y dos palitos hacíamos nuestra propia banda recreando algunas canciones
de los Beatles. Nuestro mayor éxito era “Get back”.
Otros días grabábamos nuestra propia radio llamada “Boom”,
donde dábamos reportajes de noticias de revistas Genios que ya se habían puesto
viejas. En esos momentos mi hermana mayor se unía con nosotras.
Con Vale nos gustaba mucho creer que nos íbamos de
campamento. Entonces hacíamos nuestra propia carpa en la habitación, poniendo
entre las dos camas una sábana muy grande que nos servía de techito. Y jugábamos
hasta aburrirnos.
Con mis papás fuimos un par de veces a acampar a los bosques
de Bariloche. Daba un poco de miedo pero era divertido. Mi mamá era maestra
jardinera, entonces siempre se le ocurrían juegos para que no nos aburriéramos.
Mis tías nos enviaron un día una caja con disfraces y ropa
vieja. Ese día fue muy divertido, ya que se nos había ocurrido hacer nuestro
propio casamiento. Teníamos un vestido de novia, el cual se lo había puesto
Valeria. Y a mí me había tocado de hombre. Florencia, mi hermana mayor nos
esperaba en el altar- la escalera de la casa- donde íbamos a casarnos. Tengo un
poco borroso ese día, pero es una anécdota más.
Los días de nieve eran los más lindos. Los pies se hundían
en el agua congelada, haciendo un ruido totalmente reconocible. En la ciudad
había silencio total, ya que no muchos autos salían y sobretodo que los ruidos
no rebotan tanto en la nieve. El cielo era totalmente blanco, y de vez en
cuando caían algunos copos de nieve. El frío te helaba las manos y el cuerpo
pedía irse de allí a un lado más cálido, pero uno disfrutaba del clima. Al
estar dentro de casa, ya dejando las treinta camperas que te enchufaba mamá
para no resfriarse, y tomando algo calentito. Tal vez mirando por la ventana o
algún dibujito en la tele. Cuando íbamos a los cerros para tirarnos en lo que
se llaman “culipatín”-no muchos usaban trineos- en esos días me he pegado cada
caída. Pero la adrenalina de las bajadas era tan excitante que no importaba el
tener que subir otra vez hasta tan arriba.
Siempre acostumbraba a salir a andar en bicicleta o en
patines por la vereda, y así era como hacía amigos en el barrio. Creo que
resultaba molesta golpeando siempre la puerta de la vecina de enfrente para
salir a jugar.
Una vez con mis hermanas pegamos un colador en la lámpara
del techo haciendo que estábamos en una discoteca. Otra vez grabaron entre mi papá y mis
hermanas una película casera de “La cenicienta”-la cual sigo teniendo tal grabación-.
Un día encontramos un perro entre unas cajas y mi mamá nos dejó tenerlo por un
día. Y un día de mucha imaginación nos juntamos con Valeria y hacíamos que traficábamos
sal, hasta le poníamos sus respectivos nombres secretos.
Los cumpleaños eran los mejores días del año. Mis papás
siempre fueron muy imaginativos con respecto a…..…a todo en realidad. Nuestras
tortas de cumpleaños siempre eran originales, desde una torta con forma de Minnie
Mouse, hasta una torta que había salido mal y le dieron forma de teleférico.
Sino, habían tortas con muñequitos y casas de galletitas, castillos de
cartulina, y un hongo gigante. Bailando ridículamente canciones ya muy viejas. O
estando en peloteros enormes.
Las navidades de esas
épocas también eran épicas para mí. Generalmente en las fiestas nos juntábamos con
unos amigos de mis papás quienes tenían dos hijos muy amigos de nosotras.
Veíamos películas, jugábamos juegos de mesa y después a las
doce nos hacían salir al patio a mirar el techo a ver si veíamos a Papá Noel.
Ingenuamente les creíamos y lo esperábamos enérgicamente. Al tocar las doce empezábamos
a tirar los famosos “chasqui bum” que reventaban en el piso, y a veces en los
pies del otro. Entrabamos a la casa y veíamos que junto a la chimenea se
encontraban todos los regalos. Con una enorme sonrisa, abríamos los regalos
gritando de alegría y mostrándoles a nuestros papás el regalito que les había
dado Papá Noel.
Cuándo no, otros días se nos daba por hacer casitas del árbol.
Simplemente mi papá había puesto un tablón de madera entre dos ramas y lo había
atornillado. Ahí nos sentábamos e imaginábamos que era nuestra enorme casa
propia. Me causa gracia la imaginación que tenía en ese momento.
En verano mi mamá nos
llevaba al lago para descansar un poco. El agua ahí es helada, pero cuando uno
vive con nieve se acostumbra- o algo así-. Los paisajes de ahí son
inolvidables, ¡imagínense meterse al agua mirando las montañas! Era genial. Lo
que molestaba eran las piedras dentro del agua, donde uno se patinaba y debía
pisar con ojotas porque sino lastimaban. La de ojotas que perdí ahí, ya no me
acuerdo.
Papá ponía una pileta pelo pincho que nos había regalado mi
abuela, en su momento nos parecía enorme. Nos pasábamos horas y horas en el
agua. Y venían todos nuestros amigos del barrio a meterse. Recuerdo que un día
me había asomado a la pileta y me agaché tanto que terminé dentro del agua.
Mientras tanto Valeria no hacía más que reírse de mí, aunque a mí también me
había causado.
Cuando nos mudamos a Puerto Madryn, nos instalamos en un dúplex
muy grande cerca de una plaza. No me gustaba mucho esa ciudad, creo que la
gente y el clima no me gustó mucho. Todo muy seco o muy ventoso. Ahí jugaba con
los vecinos de al lado, que variaron mucho ya que se mudaban y llegaban otros
nuevos.
En vacaciones jugábamos con bombitas de agua o íbamos a la
playa. Por mala suerte en general nos tocaba el mar con muchas algas o
aguavivas. A veces sin olas también, pero igual se podía disfrutar del sol.
Nunca fui muy deportiva ni nada de eso. Recién a los ocho
años aprendí a andar en bicicleta sin rueditas. Pero aun así yo prefería saltar
la soga o el elástico. Adoraba jugar a las Barbies y ver televisión. La típica chocolatada
y dibujitos no se le olvida a nadie.
Creo que ahora de grande me puse un poco más seria y vergonzosa,
pero me encanta recordar anécdotas. Creo que me ponen un poco más viva y me
hacen sentir bien. Mi infancia habrá sido movida, pero fue una muy buena
infancia.
Gracias a mi mamá por regalarme buenos momentos e imaginación. Gracias papá por impulsarme en
mis dibujos y creaciones. Y a mis hermanas por estar conmigo en algunas
travesuras.
Candela Spanguolo.