viernes, 24 de mayo de 2013

Mi infancia.

Siempre anduvimos viajando con mi familia, o al menos mudándonos de casa en casa. Habré estado en 4 casas diferentes y habré pasado por 6 colegios en mi infancia.
Tendría eso de 7 u 8 años, en esos días donde yo vivía en Puerto Madryn y lo único que me importaba era cómo iba a vestir a mi muñeca Barbie cuando llegara a casa. Me gustaba dibujar mucho, siempre lo hice, además mis papás siempre me apoyaron en eso aunque no me saliera tan bien. Recuerdo que estaba empezando el año en el colegio y acostumbrada siempre  a que cada año tuviera nuevas personas junto a mí, ya que cambiaba de escuelas cada año. Asustada e ingenua me resignaba a ir al colegio, discutiendo estúpidamente con mi mamá.
Al llegar al colegio, ingresé a mi aula y observé las personas que había. Estupidamente me puse contenta. Cuando llegué a casa le dije con astucia a mi mamá “¡Tengo los mismos amigos que el año pasado!”
Recordarlo ahora me da vergüenza, pero es aceptable, era muy pequeña.
Creo que mi infancia fue algo movida. Cuando estuve en Bariloche-Lugar donde nací- disfrutaba mucho el colgarme de los árboles que había en el patio de mi casa, raspándome los dedos con las ramas y cayéndome unas cuantas veces, luego llegar a casa y sentir las manos pegajosas por la resina o trementina de las hojas. De chica nunca tuve mucho asco a la suciedad. Con mi hermana nos poníamos en el patio a hacer tortas de barro y lo decorábamos con flores que encontrábamos en el piso. Teníamos una cocina de juguete donde siempre  encontrábamos arañas, no sé muy bien donde habrá quedado esa cocina.
Algunas veces cuando venían unos amigos nuestros nos juntábamos en nuestra habitación y con una caja alargada, un banquito, un micrófono de juguete y dos palitos hacíamos nuestra propia banda recreando algunas canciones de los Beatles. Nuestro mayor éxito era “Get back”.
Otros días grabábamos nuestra propia radio llamada “Boom”, donde dábamos reportajes de noticias de revistas Genios que ya se habían puesto viejas. En esos momentos mi hermana mayor se unía con nosotras.
Con Vale nos gustaba mucho creer que nos íbamos de campamento. Entonces hacíamos nuestra propia carpa en la habitación, poniendo entre las dos camas una sábana muy grande que nos servía de techito. Y jugábamos hasta aburrirnos.
Con mis papás fuimos un par de veces a acampar a los bosques de Bariloche. Daba un poco de miedo pero era divertido. Mi mamá era maestra jardinera, entonces siempre se le ocurrían juegos para que no nos aburriéramos.
Mis tías nos enviaron un día una caja con disfraces y ropa vieja. Ese día fue muy divertido, ya que se nos había ocurrido hacer nuestro propio casamiento. Teníamos un vestido de novia, el cual se lo había puesto Valeria. Y a mí me había tocado de hombre. Florencia, mi hermana mayor nos esperaba en el altar- la escalera de la casa- donde íbamos a casarnos. Tengo un poco borroso ese día, pero es una anécdota más.
Los días de nieve eran los más lindos. Los pies se hundían en el agua congelada, haciendo un ruido totalmente reconocible. En la ciudad había silencio total, ya que no muchos autos salían y sobretodo que los ruidos no rebotan tanto en la nieve. El cielo era totalmente blanco, y de vez en cuando caían algunos copos de nieve. El frío te helaba las manos y el cuerpo pedía irse de allí a un lado más cálido, pero uno disfrutaba del clima. Al estar dentro de casa, ya dejando las treinta camperas que te enchufaba mamá para no resfriarse, y tomando algo calentito. Tal vez mirando por la ventana o algún dibujito en la tele. Cuando íbamos a los cerros para tirarnos en lo que se llaman “culipatín”-no muchos usaban trineos- en esos días me he pegado cada caída. Pero la adrenalina de las bajadas era tan excitante que no importaba el tener que subir otra vez hasta tan arriba.
Siempre acostumbraba a salir a andar en bicicleta o en patines por la vereda, y así era como hacía amigos en el barrio. Creo que resultaba molesta golpeando siempre la puerta de la vecina de enfrente para salir a jugar.
Una vez con mis hermanas pegamos un colador en la lámpara del techo haciendo que estábamos en una discoteca.  Otra vez grabaron entre mi papá y mis hermanas una película casera de “La cenicienta”-la cual sigo teniendo tal grabación-. Un día encontramos un perro entre unas cajas y mi mamá nos dejó tenerlo por un día. Y un día de mucha imaginación nos juntamos con Valeria y hacíamos que traficábamos sal, hasta le poníamos sus respectivos nombres secretos.
Los cumpleaños eran los mejores días del año. Mis papás siempre fueron muy imaginativos con respecto a…..…a todo en realidad. Nuestras tortas de cumpleaños siempre eran originales, desde una torta con forma de Minnie Mouse, hasta una torta que había salido mal y le dieron forma de teleférico. Sino, habían tortas con muñequitos y casas de galletitas, castillos de cartulina, y un hongo gigante. Bailando ridículamente canciones ya muy viejas. O estando en peloteros enormes.
 Las navidades de esas épocas también eran épicas para mí. Generalmente en las fiestas nos juntábamos con unos amigos de mis papás quienes tenían dos hijos muy amigos de nosotras.
Veíamos películas, jugábamos juegos de mesa y después a las doce nos hacían salir al patio a mirar el techo a ver si veíamos a Papá Noel. Ingenuamente les creíamos y lo esperábamos enérgicamente. Al tocar las doce empezábamos a tirar los famosos “chasqui bum” que reventaban en el piso, y a veces en los pies del otro. Entrabamos a la casa y veíamos que junto a la chimenea se encontraban todos los regalos. Con una enorme sonrisa, abríamos los regalos gritando de alegría y mostrándoles a nuestros papás el regalito que les había dado Papá Noel.
Cuándo no, otros días se nos daba por hacer casitas del árbol. Simplemente mi papá había puesto un tablón de madera entre dos ramas y lo había atornillado. Ahí nos sentábamos e imaginábamos que era nuestra enorme casa propia. Me causa gracia la imaginación que tenía en ese momento.
 En verano mi mamá nos llevaba al lago para descansar un poco. El agua ahí es helada, pero cuando uno vive con nieve se acostumbra- o algo así-. Los paisajes de ahí son inolvidables, ¡imagínense meterse al agua mirando las montañas! Era genial. Lo que molestaba eran las piedras dentro del agua, donde uno se patinaba y debía pisar con ojotas porque sino lastimaban. La de ojotas que perdí ahí, ya no me acuerdo.
Papá ponía una pileta pelo pincho que nos había regalado mi abuela, en su momento nos parecía enorme. Nos pasábamos horas y horas en el agua. Y venían todos nuestros amigos del barrio a meterse. Recuerdo que un día me había asomado a la pileta y me agaché tanto que terminé dentro del agua. Mientras tanto Valeria no hacía más que reírse de mí, aunque a mí también me había causado.
Cuando nos mudamos a Puerto Madryn, nos instalamos en un dúplex muy grande cerca de una plaza. No me gustaba mucho esa ciudad, creo que la gente y el clima no me gustó mucho. Todo muy seco o muy ventoso. Ahí jugaba con los vecinos de al lado, que variaron mucho ya que se mudaban y llegaban otros nuevos.
En vacaciones jugábamos con bombitas de agua o íbamos a la playa. Por mala suerte en general nos tocaba el mar con muchas algas o aguavivas. A veces sin olas también, pero igual se podía disfrutar del sol.
Nunca fui muy deportiva ni nada de eso. Recién a los ocho años aprendí a andar en bicicleta sin rueditas. Pero aun así yo prefería saltar la soga o el elástico. Adoraba jugar a las Barbies y ver televisión. La típica chocolatada y dibujitos no se le olvida a nadie.
Creo que ahora de grande me puse un poco más seria y vergonzosa, pero me encanta recordar anécdotas. Creo que me ponen un poco más viva y me hacen sentir bien. Mi infancia habrá sido movida, pero fue una muy buena infancia.

Gracias a mi mamá por regalarme buenos momentos  e imaginación. Gracias papá por impulsarme en mis dibujos y creaciones. Y a mis hermanas por estar conmigo en algunas travesuras.

Candela Spanguolo.

Amor...

Hoy vi a mi hermana mientras hablaba por teléfono con su novio, me resultaba algo molesto lo "azucaradas" que eran sus conversaciones. En general no soy muy romántica así que no me parecía tierno. Pero me puse a pensar, ¿qué se sentirá el estar enamorado?
 En mi poca vida he salido con algunas personas, de las cuales nunca sentí algo muy fuerte, algo de los que no me pueda despegar. Creo que eso se debe a que no estaba enamorada. Cuando la vi a mi hermana deseé poder llegar algún día a querer a alguien tanto como ella hacía con su novio, aunque en ese momento no me gustara lo meloso.
 Al ver en películas o a tus amigos cuando están con sus parejas, se nota que disfrutan de la compañía del otro- Cosa que siempre en mi se me complicó por mi costumbre de estar sola- En sus ojos se nota la sinceridad de las palabras, una sonrisa que les resulta inevitable cuando se miran. Algo de vergüenza o tal vez timidez al pedirse algo. Las manos tomadas como si nunca quisieran separarse, aún cuando hacen 30°C a la sombra.
 ¿Uno sabe cuando está enamorado? Eso aún ahora me retumba en la cabeza. Tal vez me haya pasado, pero no le di importancia. Aunque si es como dicen que es un sentimiento muy grande, no creo que se lo pueda pasar por encima.
 Admiro a la gente que se ha enamorado, presiento que disfrutó cada minuto de su sentimiento. Me gustaría no tener dudas con lo que siento por las personas, así yo no salgo lastimada ni los demás tampoco.
 La vida creo que es complicada para mi gusto, y eso me resulta muy molesto. Tener sentimientos, tener que hacer cosas, es mucho lío. Pero sin eso la vida no tendría sentido, ¿no?
 Aunque haya días que deteste a la gente en pareja, creo que en el fondo disfruto de su felicidad y eso me relaja, creyendo así que algún día me tocará a mi...

Candela Spagnuolo.

lunes, 20 de mayo de 2013

Mundos Diferentes...

Hoy tenía que ir a los exteriores de una vieja amiga mía, y esto me llevó a pensamientos o reflexiones que los quiero llevar a mi blog sólo por diversión.

Salí de mi casa con mi campera nueva y mis auriculares. Busqué en mi música la carpeta de jazz y le puse play. Pensaba que iba a llegar tarde, ya que me retrasé un poco con la computadora y creo que tan solo no tenía ganas de ir.
Todo estaba mojado, no me había dado cuenta de que había llovido antes. Maldecía la humedad al sentir como poco a poco mi cabello se inflaba a causa de éste. De todos modos disfrutaba del olor a tierra mojada que inundaba mi nariz.
 Caminaba y caminaba sabiendo que no lo quería hacer, pero debía hacerlo, esta amiga siempre me había acompañado. Aunque ya mucho no hablamos, aún le tengo mucho aprecio pero últimamente me doy cuenta que somos muy diferentes, el tiempo nos ha cambiado.
 Al llegar a su casa, que quedaba a eso de 20 cuadras de la mía, me quité los auriculares y la saludé. Un barullo de voces se escuchaban por detrás. Eran mis antiguos amigos, con los cuales ya no me hablo ni me interesa hacerlo y tampoco quiero discutir con otros lo mismo de hace años. Todos estaban divididos en grupos, gritando, riendo. Yo estaba contra la pared, observándolos con cuidado, viendo que ya no somos niños y encontrando rasgos diferentes a los que conocía. Su manera de hablar era de alguien de la calle (no me malinterpreten, hablo del tono wachiturro o eso), tenían grandes buzos y gorras colgadas del pantalón. Unos hablaban de salir a bailar y otros de el chico que les dio bolilla la semana pasada.
Nada interesante ni nada donde me pueda meter. Mi amiga se fue a hablar con el hombre que nos iba a grabar y me quedé sola, y así como por 40 minutos. El de la cámara no nos grababa todavía, y el día se iba poniendo más oscuro. Ese no era mi lugar, no acostumbro a estas reuniones y a esa gente, mi mundo no se basa en música movida y bailes con amigos.
Al sentirme arrinconada y aislada, amagué a ponerme mis auriculares y sentir que no estaba ahí, pero no lo hice. Luego de 10 minutos no lo dudé y me los puse. Presioné el botón de play y salió un tema de Sarah Vaughan, ya no sabía ni qué mirar así que solo observé la ventana y no quité mucho la vista.
 Al caer las 5:38 decidí que era hora de irme, no me sentía cómoda  y se iba a hacer de noche. Saludé a mi amiga y me fui.
Podía haberme tomado el colectivo, pero preferí caminar para despejarme un poco. También porque hace mucho no salía a caminar y pensar.
Me detuve un momento, mis zapatillas se habían embarrado por la tierra de la plaza. Rezongué un poco y seguí mi camino. No me sentía cansada, tenía calor y me resultaba muy extraño ya que hacía mucho frío afuera. Lo único que me preocupaba era mi mamá cuando llegue a casa, sabía que se iba a enojar porque estaba oscureciendo y yo no había llegado aún. Y tenía razón, pero dentro de todo la pasé bien caminando y creo que eso no me lo quita nadie.


Candela Spagnuolo.

domingo, 5 de mayo de 2013

"Pasiones" Capitulo 1.

Bueno, he aquí mi nueva novela. No estoy muy segura si tengo que corregir algo, pero eso lo veré con el tiempo. Espero que lo disfruten leyendo tanto como yo disfruto escribiéndolo.



                                                                Capitulo 1

Reimundo Hudson era un hombre benévolo y misericordioso que amaba tanto el jazz como a su esposa. Desde pequeño siempre admiraba la música, él sentía que era lo que lo reconfortaba en malos momentos y alegraba en los buenos, su fiel acompañante. Su abuelo siempre le hacía conocer nuevas culturas musicales e historias sobre los orígenes de la música, fue ahí donde conoció el jazz, el cual iba a definir su futuro en la vida.
 Rei fue creciendo rodeado de conocimientos. Estudió saxofón y formó su primera banda con apenas 18 años de edad, grupo que se deshizo debido a disputas internas. Pero Hudson era persistente y nunca abandonó su pasión musical. Intentó trabajar en bares, dando pequeños recitales, pero lamentablemente fueron un fracaso ya que por temas de racismo no lo dejaban tocar.
 El era de piel oscura cual carbón, de importantes y gruesos labios, también corpulento y alto lo cual llamaba la atención de muchas señoritas, pero ninguna que le interesara.
 Rei había tomado la costumbre de salir cada viernes por la noche a beber en el piano bar que se encontraba en la esquina de su casa. Siempre observaba a la misma mujer, la única que le atraía. Ella era mesera en el bar, no era alguien muy llamativa ni sorprendente, pero a él le encantaba cuando cantaba por lo bajo, cuando no había nadie en la barra de tragos. Le parecía tierna la torpeza con la que intentaba llevar las copas a las mesas, tropezando de vez en cuando por ser principiante en el trabajo. Su nombre era Eleonor, el muchacho lo había escuchado varias veces cuando el jefe le gritaba por alguna copa estropeada al caerse. Ella generalmente jugaba con su cabello, negro y rizado, siempre en orden prolijo, éste entonaba su piel canela.
Para él ella era muy especial, y le hacía sacar su lado mas tímido. A penas le salían las palabras cuando ella se acercaba a atenderlo. Se tornaba nervioso e inquieto, y sus manos comenzaban a sudar.
Eleonor apenas se fijaba en él, vivía ocupada tratando de finalizar de una vez por todas sus estudios en la universidad. Con sus 22 años, ya deseaba tener su propio lugar fuera de ámbito familiar, y así dedicarse a lo que le gustaba. Estaba en el fin de la universidad de arquitectura, y buscaba varios trabajos para poder ahorrar rápidamente y así mudarse a un departamento que había visto a no muchas cuadras de la casa donde se hospedaba.
Una noche, Rei decidió invitarla a salir, tratando de despegarse de sus inseguridades. Llegó al bar un poco mas temprano de lo que estilaba ir, vistiendo elegante, con algo de valentía.
 Ella se encontraba en la barra secando algunas copas recientemente lavadas. Reimundo se sentó en su mesa habitual y con nervios esperaba la llegada a su mesa de la mujer  que tanto anhelaba.
 Mientras que observaba a los de la banda terminando de acomodar un par de micrófonos del pequeño escenario junto a la barra, un hombre se acercaba a él preguntándole qué iba a beber.
 Las manos comenzaban a traspirarle, al notar que su plan no estaba funcionando. Buscó con la mirada a Eleonor, pero no la encontró. El mesero algo incomodo todavía esperaba la respuesta, e impacientemente reiteró la pregunta.  Hudson lo miró y se levantó de la silla casi de un salto, pidió disculpas al hombre y se retiró hacia la salida.
Estaba avergonzado de sí mismo, porque nunca había juntado tanto valor hacia una chica. Se dirigió hacia una plaza que se encontraba a dos cuadras de allí. Sentado en una banca, reflexionaba y se arrepentía de no haberla buscado cuando pudo. Pero se relajaba sabiendo que el próximo viernes volvería a verla, y tal vez animarse al menos a entablar una conversación con ella.
 Algo interrumpió sus pensamientos. A una mujer frente a él que llevaba unas bolsas, se había tropezado y todo su contenido cayó al suelo.
 Caballerosamente, él acudió a ayudarla. Un poco avergonzada pedía disculpas y rezongaba por su torpeza.
-No se preocupe, con la oscuridad de la noche es dificil ver el pavimento- comentaba sonriendo mientras levantaba los papeles y otras pertenencias de la mujer.
 Ella subió la mirada reconociendo el rostro de aquel hombre. Sorprendido por verla enmudeció totalmente y regresó las cosas a la señorita.
-Muchas gracias- dijo con una amplia sonrisa.- Y por cierto, mi nombre es Eleonor.
-Rei Hudson, Reimundo en realidad- estaba muy nervioso y algo incomodo.
-Creo haberte visto en el piano bar de aquí cerca, ¿Cierto?
-Si, acostumbro a ir semanalmente- de a poco se iba relajando- ¿No eres la mesera?
-Exactamente, “era”. Acaban de despedirme, así que no creo que volvamos a vernos.
 Desconcertado y algo asustado por esa respuesta, siente un tirón en el pecho que nunca había presenciado.
-Quisiera volver a verte- sus palabras salieron de su boca casi por error- Ah, lo siento.
 Ella relucía bajo la luz de la luna, sus ojos brillaban como su sonrisa. Y con un simple “yo también”, le entregó un pequeño papel con unos números y se retiró, algo apresurada.
 Rei no podía creerlo, su corazón latía velozmente y poco a poco se iba reincorporando otra vez al mundo real.

Luego de seis meses de salidas y charlas casi interminables, él decide pedirle matrimonio, proponiendole a ella que viva en su hogar haciendole companía para siempre.

Con el tiempo, las cosas fueron cambiando, y para bien. Eleonor se recibió de arquitecta y ya comenzó a progresar en lo laboral. Conoció personas que la ayudaron a emprender su carrera. Mientras Rei, consiguió que lo contrataran en uno de los bares de la ciudad. Y conociendo gente nueva también, formó otra banda de jazz. Ésta estaba compuesta  por cinco integrantes, donde él componía las canciones y tocaba el saxo. De a poco el grupo fue tornándose más y más popular.  Ya no tocaban en un solo bar, sino en todos los de la ciudad.
Al ver que mejoraban como músicos y que resultaban cada vez más conocidos, decidieron todos juntos hacer una lista de los lugares donde querían llevar su música, con ciudades que llevaban para ellos un significado importante referido a la historia del jazz. Esa sería su meta, terminar la amplia lista de veinticinco ciudades, tocando en cada bar de cada ciudad.
Lo que más unía a esta banda era la amistad entre ellos y la pasión que compartían con el jazz. Expresaban mucha energía y admiración.

Al llegar a la quinta ciudad de la lista, una noticia maravillosa llegó a los oídos de Reimundo: Eleonor iba a tener un bebé. Ésta noticia lo hizo sentir pleno, completo, era uno de sus grandes deseos. Le produjo mucha alegría, de la cual siendo su personalidad de manera cerrada, fue expresada como nunca lo hizo.




La próxima semana publicaré el segundo capitulo. Saludos.
                                                                                                        M. Candela Spagnuolo.

viernes, 3 de mayo de 2013

Inseguridades


Vivo con miedos. Miedo al mundo, a las personas, o miedo al rechazo. De ser por mi, viviría encerrada en una habitación, abrigada con un gran buzo que me cubra, sujetando una almohada y escuchando mi música.
Odio tener que enfrentarme a esos miedos. Odio hablar con personas que conozco muy poco, ya que en mi cabeza existe el único hecho de que no saben lo que siento.
 Cuando hablo con algunas personas, me pongo muy nerviosa, me tiemblan las manos y mi cara se torna roja cual tomate. Ante esas reacciones trato de evitar que me miren, y por eso resulto cortante o antipática a veces, solo por vergüenza
No me animo a hablarle a las personas que me interesaría conocer. No se cómo tratar con las cosas. Al llegar a extremos de nervios, mis ojos comienzan a brillar hasta parecer que romperán en llanto, lo mismo cuando me enojo.
Temo a la desaprobación de la gente que se supone es amiga y de las personas que no conozco.
 Temo hacer cosas que me gusten, por la simple inseguridad a errar. No acepto las cosas que me salen bien, ni me acepto a mi misma, ya sea en aspecto o en personalidad. Y generalmente resulto negativa, bajando asi el autoestima de los demás.
 Soy una chica seria, porque no se cómo ser divertida, y al intentarlo mis inseguridades hacen que me salga mal.
Creo que odio todo y no puedo adaptarme porque estoy enojada conmigo misma.


Pensamientos en días malos.