domingo, 28 de febrero de 2016

Fantasías

Afortunadamente Erica había llegado media hora tarde al aeropuerto, no había tenido tiempo de empacar y no tuvo en cuenta que debía llegar una hora antes del vuelo para hacer el check in y dejar las valijas. Con el corazón en la boca palpitando fuertemente, se sentó en una de las bancas de espera observando fijamente la pantalla que describía con poco detalle la puntualidad de los arribos y partidas. Tenía la mala costumbre de comerse las uñas cuando se ponía nerviosa, y ésta no fue la excepción. Hace muchos años no volaba, pero recordaba muy bien la sensación agradable de mirar por la ventanilla, todo parecía hacerse pequeño. Le resultaba, de algún modo, imposible que semejante aparato de metal pudiera tomar tanta altura. Sostenía que el mundo nos queda demasiado grande a los humanos, que la vida de una persona no alcanza para verlo todo. Esto mismo le sucedía cada vez que veía paisajes impresionantes, como los de Bariloche, de donde iba a partir en aproximadamente media hora. Era como si sus ojos no alcanzaran a apreciar realmente todo lo que debían. Ella trató de fotografiar todo para luego recordarlo, pero sabía que no iba a ser lo mismo después, así que en ocasiones ni siquiera amagó a sacar su cámara de la funda.
El tiempo pasaba y cada vez más personas ocupaban los asientos de espera. Su vuelo era a las cuatro de la tarde, sin embargo no pudo observar ningún avión arribando la pista. La pantalla marcaba todos los vuelos a tiempo, pero resultaba evidente que no era cierto. Sacó su teléfono para ver si la hora era coincidente con la de la pantalla. Una voz la hizo sobresaltar, de los parlantes una mujer solicitaba la presencia de un tal Gerardo Beggeti, y a continuación repitió lo mismo en inglés. Erica guardó su teléfono y se puso de pie para acercarse al ventanal y así observar la pista. 
El vuelo se retrasó una hora, y luego de la espera Erica vio aterrizar el avión con delicadeza. Imaginaba que sería un avión mucho mas grande, pero al ser un viaje interno supuso que era normal. Una vez más la mujer del parlante anunció la llegada del avión de la línea Petrel. Luego de finalizar el anuncio, las personas en el salón se pusieron en pie ya impacientes para viajar. Un hombre con un poco de sobrepeso, camisa blanca y corbata negra indicó a los del vuelo de Petrel que realizaran una fila para entregar los boletos y luego bajar por las escaleras, para así subirse al colectivo que los transportaría hacia el pequeño avión. Uno por uno fueron por las escaleras y  se ubicaron en el colectivo procurando estar cerca de la puerta para lograr bajar antes y así elegir asiento primero que todos. Erica bajó tercera, tuvo la oportunidad de sentarse del lado de la ventanilla. Ya estaba un poco agotada de sus vacaciones. Le gustaba salir, pero no había nada como su hogar cálido y plácido. Observó con detenimiento a cada pasajero que se ubicaba en sus lugares. Había personas que resaltaban de las demás. Una joven con un vestido azul oscuro a cuadros y unos tacones un tanto ajustados se ubicó en el fondo del avión. Cerca de la puerta una pareja de ancianos que no se separaban en absoluto. A dos lugares de Erica, un jóven de gran altura, con mandíbula rígida, de cabellos oscuros cual sombra, notoriamente delgado,  y que parecía confundido y nervioso. 
El dedo anular de Erica comenzó a sangrar luego de haber arrancado por error un pedazo de piel. Se miró las manos con detenimiento, le causaban rechazo. Según la mayoría de los libros que leyó, las manos eran lo primero que observaban los hombres, la parte más delicada de una dama, de donde surgían las caricias y demás cursilerías. Ella soñaba con ser como alguno de esos personajes, poseer la hermosura de esas damas que tanto imaginaba, con sus manos esmaltadas, cabellos perfectamente recogidos, era como un sueño. Pero sabía que estaba muy lejos de ser así. No era una persona muy dedicada a sí misma físicamente, siempre estaba muy atenta a sus planes, su trabajo y olvidaba ponerse atención a sí misma. Debajo de sus anchas ropas se ocultaba un cuerpo hermoso que sin embargo a ella le disgustaba y no se sentía conforme con nada de lo que usara. 
La azafata caminó por el pasillo para controlar que todos tuviesen los cinturones puestos. Una vez que terminó se dirigió hacia la cabina junto con los pilotos. Erica suspiró y sintió un relajo. Minutos después la azafata volvió para comunicar a los pasajeros las malas noticias.
-Lamentamos la siguiente información. Se presencian grandes tormentas en la ciudad de Bahía Blanca por lo que tendremos que retrasar el vuelo por un período de tres horas. Disculpen las molestias.
El relajo de Erica no duró prácticamente nada. Algunos pasajeros maldecían al clima y otros equivocadamente a la empresa. El hombre delgado que parecía confundido lo estaba aún más. Hablaba en inglés con rapidez y repetía que no entendía lo que estaba sucediendo. La azafata lo miró con un poco de miedo, no sabía hablar inglés y trataba de indicarle con señas sin lograr nada. Erica los miró fijamente y sin dudarlo se entrometió en la conversación para ofrecerse como traductora. La azafata, aliviada, aceptó aquello y se retiró. Fluidamente le tradujo la situación del vuelo y éste le agradeció mas tranquilo. No pudo evitar quedarse mirando los ojos del muchacho, eran de un azul grisáceo y resultaban totalmente fríos a diferencia de su cálida sonrisa. Se sintió un poco torpe por aquello y volteó para dirigirse hacia la puerta de salida. 
Ya en el aeropuerto decidió sentarse en la misma banca que antes y sacar el libro que había empezado ni bien llegó a Bariloche, "Aventuras de Arthur Gordon Pym" de Edgard Allan Poe. Le había resultado un poco denso al principio, pero era por mera falta de atención. El joven extranjero se sentó a su lado en silencio y observó con detenimiento cada cartel que rodeaba el salón. Erica notó que por momentos el chico trataba de ojear el título del libro, y ella sólo por diversión tapaba el nombre con sus manos para que no lograra leerlo. Fue entonces que se dio cuenta de lo maltratadas que estaban sus manos y trató de esconderlas con los puños del sweater. Una oleada de calor rodeó el cuerpo de la muchacha y se ruborizó un poco, por lo que decidió cerrar el libro y mirar hacia el lado contrario del que se encontraba el extranjero. 
-Disculpe- dijo el chico con tono británico, extendiendo el señalador de Erica que se había deslizado del libro hasta el suelo.
Ella sonrió y lo guardó entre las hojas que recientemente había leído, luego le agradeció. Unos segundos después el joven volvió a hablar, tenía la voz de un adolescente pero en el cuerpo de alguien de 22 años. Le preguntó sobre el libro y por qué podía hablar inglés de una manera tan fluída. Erica le explicó que cuando era pequeña sus padres la habían inscripto en una academia y en la adolescencia había conseguido el título. Ella siempre había tenido atracción por el continente europeo, podía distinguir sin errar el acento de cada país de habla inglesa. También el hecho de que cantara constantemente canciones en ese idioma le había ayudado mucho a la fonética. 
El muchacho se llamaba Felix, vivía en Londres pero llegó a Argentina al haber ganado un viaje a través de un concurso de dibujo a tinta. Era la primera vez que concursaba porque siempre se había avergonzado de sus dibujos y pinturas, gracias a la insistencia de su profesor de arte logró animarse. Procuraba llegar a Europa antes del 28 de ese mes ya que sería el cumpleaños de su madre y aprovechar para regalarle un frasco de dulce de leche argentino, el favorito de ella. Resultaba sensible y agradable, pero su mirada y su rostro expresaban rudeza, era muy confuso, por momentos parecía estar enojado sin embargo sonreía con naturalidad en otras ocasiones.
 Las tres horas se pasaron volando mediante avanzaba la conversación. Las personas alrededor suyo los miraban con extrañeza tratando de adivinar qué decían. La mujer que había recibido el equipaje de los pasajeros se acercó para dar el ultimo aviso:
-El vuelo tendrá que cancelarse por mal tiempo, sepan disculparnos. Mañana a primera hora de la mañana partirá su vuelo, mientras tanto el aeropuerto se hará cargo de los gastos de estadía por ésta noche.
 Erica sentía pena por aquella noticia, pero a la vez le alegraba saber que podría seguir conversando con Felix por un tiempo mas. Le resultaba muy interesante su manera de hablar, las costumbres de su país, lo que le parecía extraño sobre Argentina. Era algo totalmente nuevo para ella. Tal vez el día parecía interminable, pero no le molestaba que no termine, es más, no quería que termine.
La joven se acercó nuevamente al muchacho para explicarle la situación, él asintió con un suspiro y ambos se dirigieron a buscar el equipaje para llevar al hotel. Por detrás suyo se escuchaba un griterío que provenía de unas señoras que también iban a volar por Petrel, se reían a carcajadas por la mala suerte del vuelo y lo que iban a perder. Erica se rió con algunos comentarios y luego se volvió para hablar con el muchacho. Éste sólo llevaba un bolso mediano de color azul que parecía que estallaría en cualquier momento, las costuras de los lados ya estaban un tanto rotosas.
 Salieron a la puerta del aeropuerto para esperar el transporte que los llevaría al hotel. Hubo un silencio extendido entre ambos, en el cual Erica comenzó a suponer cosas y pensar. En los hoteles no hay habitaciones para una sola persona, ¿o si?-pensaba- Si sólo hay habitaciones matrimoniales o para dos y éste tipo no tiene acompañante...qué enferma. Sentía rechazo de sí misma por imaginar tantas cosas, tantas suposiciones con un hombre que apenas acababa de conocer. Pero también analizaba que ella no era la única que hacía eso, había escuchado miles de veces a sus amigos suponer qué pasaría si la chica que conocieron en tal bar tuviera departamento propio y  así llegar a conrcetar algo, o si la tipa que besaron en la playa tendría pareja o no, porque no ser pareja de una chica con ese cuerpo sería un desperdicio y otras divagaciones más. No, ella no tenía muchas amigas mujeres, siempre se había llevado mejor con el sexo masculino. Razonó que no porque sus amigos lo hicieran resultaba algo sano o lógico. Se había sentido hipnotizada por aquellos ojos grisáceos, sentía un escalofrío en todo el cuerpo de sólo pensar en un beso con alguien así. ¿Pero de qué estaba hablando? Era sólo un muchacho que conoció por mera coincidencia. ¿Y si lograrase irse a vivir a Europa, su contiente favorito? "Bueno, ya pensé muchas tonterías juntas", se dijo para sí misma.
El viento helado la rodeó provocando que le temblara un poco la mandíbula. Felix la miró inexpresivo y le tendió su bufanda de lana. Erica miró las manos del muchacho con atención, eran demasiado perfectas para ser las de un hombre, no por generalizar pero siempre resultan un poco más dañadas que las de las mujeres. Él lo notó y le preguntó si tenía algo en ellas, Erica negó con la cabeza y rodeó la bufanda en su cuello. Tenía su perfume, era demasiado fuerte. La nieve del día anterior estaba desparramada por toda la vereda, y en algunos casos se tornaba resbaladiza al haber sido tan aplastada por los pies de la gente.
El transporte llegó al fin y los llevó a un hotel muy bien mantenido pero con azulejos y tapices un tanto antiguos para la época. Siendo algo gratuito se sintieron cómodos de todos modos. Luego de traducirle a los de la recepción que no venían juntos sino que ella sólo lo ayudaba a ubicarse, les asignaron una habitación matrimonial a cada uno por separado. Por dentro Erica sintió cierta decepción, pero luego tomó en cuenta que sería raro aún para ella compartir habitación con un extraño, pese a que pudieran conversar con mucha confianza.
Se dirigieron por su lado hacia su respectiva habitación. Erica dejó sus cosas sobre la cama y optó por tomar una ducha caliente para mantenerse ocupada, faltaba un poco para la cena y no tenía ganas de leer a Poe. Al salir del baño se dirigió a la cama aún con la toalla rodeando su cuerpo. Se quedó pensativa mirando el bolso lleno de ropa. "Jamás podría seducir a un hombre viéndome como siempre", pensó. Revolvió entre su ropa interior, no había más que boxers femeninos. Tal vez no importa tanto la ropa interior, analizó. Encontró entre las prendas uno de sus vestidos favoritos. No era más que un simple vestido floreado. Era de color beige, le llegaba hasta las rodillas y era un tanto ancho para su menudo cuerpo. Decidió jugarse y sacó un cinturón para usarlo en sus curvas. Seguía siendo ella, el vestido no tenía un largo seductor pero al menos lo había intentado. Sonó la puerta.
 Un hombre semicalvo y en bermudas le avisó que la  cena se encontraba lista en el séptimo piso del hotel. Agradeció con amabilidad y antes de salir recogió su bolso. Por desgracia tuvo que subir los cuatro pisos arriba por la escalera, otros huéspedes habían ocupado ya el ascensor. Su estado físico no era el mejor, pero logró llegar con un poco de aliento al comedor. Miró a su alrededor, no encontraba al muchacho. Su cabeza ya empezaba a generar suposiciones respecto a su ausencia, pero luego las eliminó por completo cuando Félix se posó a su lado y le ofreció que se sentaran juntos. Una amplia sonrisa surgió en su rostro, no podía evitarlo. Hablaron durante horas incluso cuando el resto de los huéspedes ya habían terminado la cena. Era una conversación tan rica en contenidos, tan entretenida que ambos olvidaron lo demás. Finalmente hubo un silencio, ella lo observó con ternura y él tenía la mirada más relajada. Erica pensaba cuán atractivo podía llegar a ser un hombre para ella, y qué chances podría tener con alguien así. Ya eran las doce de la noche y los mozos miraban expectantes a que se retiren para poder terminar de limpiar. Félix se dio cuenta de ese detalle y se ofreció acompañar a la joven a su habitación. Erica sintió un cosquilleo en la panza. Ambos se dirigieron al pasillo y esperaron el ascensor, sus respiraciones eran cada vez más fuertes. Sonó la campanilla y se abrió la puerta. El hombre de bermudas se encontraba dentro con una sonrisa un tanto forzada. Ambos entraron. Éste les daba charla, aunque Félix apenas pudiera entender el español. El oxígeno dentro de la cabina era muy reducido, sin mencionar que el semicalvo transpiraba como un oso en verano. El hecho de usar bermudas en invierno era un poco más comprensible.
 Llegaron al tercer piso y sin dudarlo bajaron con rapidez. Saludaron con un gesto al señor y luego se miraron para comentar aquel momento incómodo. La habitación se encontraba al final del pasillo. Entre risas y tratando de hacer silencio llegaron a la habitación 142. Erica buscó la llave en su bolso. El muchacho un poco inquieto le preguntó si quisiera desayunar con ella al día siguiente. Ella respondió que sí y al fin sacó la llave para introducirla en el picaporte. Félix la miró con deseo, luego la saludó para ir a su habitación en el piso de arriba. Erica sintió un puntazo en el cuello, no comprendía su actitud. ¿Por qué se había acercado tanto? Tal vez sólo buscaba alguien con quien pasar el rato. ¿Y si fuera gay? No, había notado cómo miró a la recepcionista con su escote excesivo.
Erica sonrió y luego se metió en la habitación. Con desgana se dejó caer sobre la cama. Tenía ganas de llorar. ¿Pero por qué? Era sólo un muchacho. Había conocido muchos como él. Pero claro, nadie le resultaba tan interesante. Además sentía que él la había logrado ver con otros ojos, la miraba con curiosidad, como quien quiere  desvelar un misterio. Una lágrima recorrió su mejilla, no sabía con exactitud si era a causa del cansancio que tenía o simplemente por todo lo que acababa de pasar.
La puerta sonó. Erica no se movió, no tenía ganas de encontrarse otra vez con el hombre semicalvo. Alguien golpeó otra vez la puerta. Juntó fuerzas y se puso de pie. Trató de limpiar su maquillaje corrido con rapidez y luego abrió.
-Hola
 Sí, era el joven de ojos grisáceos. Ella respondió al saludo y luego preguntó por qué se había acercado. Félix rascó su recortada barba y sonrió. Luego le dijo que no le había devuelto la bufanda. Ella sin pensarlo entró a la habitación dejando la puerta abierta. Sobre la cómoda estaba la bufanda color verde pino. Tenía la mente tan ocupada que había olvidado por completo ese elemento. Félix miraba el suelo golpeando sus zapatillas entre sí. Erica extendió la prenda y el muchacho la tomó. Sus manos se habían tocado. Como en una película romántica, Erica sintió ver sus manos en cámara lenta. Un cosquilleo en su piel. Imaginó sus manos perfectas y esmaltadas entrelazándose junto a las de él, parecían manos de pianista. Sintió que tal vez podía ser posible ser como sus personajes favoritos, sentir que un hombre puede amarla, ser contenida por unos cálidos brazos. El joven tomó su mano sin escrúpulos. Luego le preguntó si lo dejaba pasar.