sábado, 27 de julio de 2013

Capítulo 5, El rompecabezas de la vida.



Capítulo 5

Desperté con un agudo dolor de cabeza. La fuerte resaca me pegó como nunca me había pegado. Tenía demasiado sueño. Miré el reloj en mi cómoda y ya eran las 12:30 del mediodía. Aún en la cama me quedé pensando en lo que pasó la noche anterior. No recordaba muy bien todo. Tenía mezclado todo y no solo en mi cabeza, sino también en mi estómago.
Me levanté para encender la radio. Pero luego me tenté otra vez a ir a la cama así que me eché. Escuchando un suave tango del que no conocía, cerré los ojos y descansé la vista.
No tenía ganas de nada. No quería trabajar ni salir, quería dormir todo el día o simplemente no hacer nada.

De un momento a otro recuerdo cuando ella vino. Se me viene a la cabeza su rostro enfadado. No entendí bien por qué era que se había enojado. Ni tampoco por qué había venido.
“¿Habría venido por mí?”, pensaba tontamente.
Acepto que las mujeres sonrientes me pueden, pero se ven muy tiernas al enojarse. Me recuerdan a los caprichos que hacía mi madre para pedirle algo a mi padre. Cuando se amaban, claro. Con los años ya se fueron poniendo viejos, y ya no sentían lo mismo entre sí. Mi madre no me había tenido muy joven, me habrá tenido alrededor de los 35 o 40 años. No le entusiasmaba la idea de tener muchos hijos, de todos modos siempre me quiso y me educó como la mejor de las madres. La extraño. Ella aún vive junto a mi padre, a pesar de no amarse siempre fueron los mejores compañeros entre sí. Eso me alegra, siempre me alegró.

Decido levantarme, pero sólo por una razón: curiosidad. Me dirigí hacia la ventana de la sala de estar. Corrí la cortina y miré hacia la casa de la joven. Su ventana estaba cerrada, lástima.
Volví a la cama. Me sentía un vago, tenía mucho sueño. Cerré los ojos y me dejé llevar por la música de la radio, hasta quedarme totalmente dormido.

Me desperté sobresaltado, no entendí muy bien por qué. Miré el reloj y eran las 16:10. Me levanté rápidamente, me puse los zapatos y la camisa para entrar al trabajo.
Llegué casi corriendo, aunque tenía la suerte de vivir a poco menos de media cuadra. Saludé a mis compañeros y me puse el delantal para comenzar a trabajar. Llevé un par de cafés por una mesa. Luego un cortado para uno de los señores que siempre venía junto a su compañero a leer el periódico.
— ¿Has visto esto? “Se cancelan todos los vuelos hacia América por reclamos”. Al parecer mi nieto no podrá viajar en estos días. — Le comentaba uno al otro.
Seguí limpiando las mesas junto a la barra. Miré a ver si se encontraba Boris, pero no lo vi. Por coincidencia me llama la señora de la mesa, la mujer la cual Boris deseaba.
Me acerqué y con un poco de confianza le pregunté si tomaba lo mismo que las últimas veces. Asintió con la cabeza y con su cara amargada de siempre.
— ¿No ha venido?
— Me temo que no. Ayer tuvo un día movido.
Bajó la mirada y para no incomodarla me retiré. Mi compañero me pidió si podía suplantarlo unos diez minutos porque había olvidado algo en su casa. Acepté sin problemas. Me dijo los pedidos que ya habían sido hechos para llevarlos a las mesas.

Cumplí entregando todo. Fui a buscar a la barra un vaso de wiski. La habían pedido de una de las mesas situada afuera, lejos de la puerta. Me parecía raro que pidieran alcohol desde tan temprano. Lo puse en la bandeja y me dirigí hacia afuera. Estaba la joven, hermosa y reluciente.
— ¿Cómo le va señorita? — Le dije con ánimo mientras apoyaba el vaso sobre la mesa.
Ella me miró con cara seria.
— Perfectamente. ¿Acaso le importa?
— Más de lo que cree, estoy seguro.
Voltea la mirada, como ignorándome. No la entiendo.
— ¿La he ofendido?
Se levantó despacio, me miró con furia.
— A ti no te pagan por hablarle a la gente. Déjame en paz.
Tomó su bolso y comenzó a caminar hacia su casa. Intenté detenerla.
— Espera, no quise ofenderte si lo hice— me sentía muy confundido, no comprendía nada. — Por favor siéntate y sigue con lo tuyo.
Se detuvo. Sus ojos eran tan hermosos, un color celeste del color del caribe.
— Gracias, pero ya no tengo ganas de nada.
Y con eso se retiró sin más. Hasta había cambiado el modo en el que se dirigía hacia mí. Volví al café. Me apresuré a atender las mesas.


Luego de un largo rato se me acerca el dueño, con una sonrisa me pregunta: “¿Te gusta la jovencita de enfrente?”. Me sobresalté por su pregunta, me daba un poco de vergüenza decirlo. Además no quería que ella se enterara.
—Solo hablé con ella un par de veces, no es nada.
— Ya veo. De todos modos ten cuidado, es una chica complicada. — comentó riéndose.
— ¿La conoce?
— No he hablado mucho con ella, pero viene de vez en cuando a tomar wiski. Se instaló hace un año aproximadamente. Es un tanto solitaria.
— Eso creí. Aunque no la conozca, siento que debe tener su lado divertido.
— ¡Por supuesto! Adora los sábados de fiesta que se forman aquí. Hasta la he visto por la ventana bailando swing en su departamento. Siempre tiene las ventanas abiertas.
— Hoy las tiene cerradas. ¿Es raro?
— Supongo que debe estar en malos días. No es seguro, pero para mí que cuando está con problemas cierra las ventanas. A modo de encierro y pensamiento.
— A pesar de que sea alguien complicado resulta muy misteriosa e intrigante.
— Pero es bastante histérica al parecer. Pero me cae bien. Te recomiendo hablarle más. Visítala.
— ¿Visitarla? No sé ni su nombre.

Me palmeó la espalda y se fue hacia la barra. Me quedé pensativo. Deseaba tanto conocerla, pero no entendía por qué me odiaba tanto. O eso me imaginaba. No me terminaba de cerrar la idea de que se haya enojado por la reunión de anoche.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 4, El rompecabezas de la vida.



Capítulo 4

Me desperté temprano a pesar de no haber dormido en toda la noche. Solo pensaba en ella. Decidí ir de compras antes que Roger pasara por mí. Por suerte tenía un mercado a dos cuadras de mi casa, así que no debía transportarme mucho. El día estaba agradable, había sol pero con la brisa fresca que había no me afectaba mucho el calor. Nunca me decidí si preferir el invierno o el verano, cada estación tiene sus virtudes.
Caminé a paso lento y en eso de cinco minutos llegué. Le pedí al hombre de la verdulería un kilo de manzanas y algo de lechuga. No acostumbraba a comer mucho, así que era bastante delgado. Luego fui a comprar un poco de carne y me volví hacia mi casa.
En el trayecto sentí que alguien me seguía. En realidad desde que salí del mercado. Volteé la mirada y vi que detrás de mí había una mujer de unos veintitantos, más o menos mi edad.
Me estaba mirando, pero luego de unos segundos habló.
— Disculpa la interrupción, pero quería saber algo ¿Usted es el nuevo empleado en el bar Le Voyage à L'Oubli?
— Sí. — Fui breve, tal vez un poco descortés con la dama. Pero no tenía ningún interés en establecer una conversación con ella. Estaba algo apresurado por que llegara Roger.
— Ah. Emm…— Hizo una pausa, como si no supiera qué decir. Yo amagué para irme.
Me toma del brazo de repente-al parecer la gente no tenía problema en tomar confianza en esa ciudad- y luego prosigue.
— ¿Has visto la ciudad? Quiero decir, ¿La has recorrido?
— No, aún no. Tampoco creo que haya mucho que observar, es un pueblo pequeño y no es de las grandes ciudades como Le Mans.
— Pero no quita que sea un hermoso lugar. Tienes muchos sitios para visitar: La Tour de la Chaine, la catedral St. Louis, la iglesia St. Saveur.
— Espero verlos pronto. Muchas gracias.
— ¡Espere! Yo conozco muy bien la ciudad, si quieres puedo acompañarte a recorrer los mejores lugares. Hasta los más especiales y secretos.
Asentí con el cabeza, un poco confundido. ¿Qué es lo que estaba buscando esa chica?
— Bueno, gracias. Si me disculpas, debo irme.
—Ah, ¿vas para aquel lado? Yo debo ir por el mismo lado. Te acompaño.
Me daba un poco de pena, no era una mujer fea. Se la notaba muy alegre, pero me daba la sensación de que realmente necesitaba un poco de compañía.
— Si quieres, ven.
Con una pequeña sonrisa se puso junto a mí y comenzamos a caminar.

Al llegar a la puerta de mi casa le dije que siguiera sola. Ella me dijo que iba a pasar a buscarme algún día de la semana para llevarme a recorrer la ciudad. No le dije que iría ese día con un amigo porque creí que era algo más bien personal. Además no quería desilusionarla. Antes de marcharse, por alguna razón me abrazó. Fue uno de los momentos más incómodos que sentí. No la conocía para nada y de un momento a otro me abrazó. No supe ni cómo responder a ese acto. Me soltó y con un “adiós” se fue.

Entré a mi casa, todavía confundido. Dejé las bolsas de compras sobre la mesa y me fui a cambiar rápidamente antes que viniera Roger.
En efecto, mi amigo llegó apenas terminé de cambiarme. Tocando la bocina de su coche me llamaba para que saliera. Cerré la puerta del departamento y lo saludé con la mano desde lejos.
— ¡Hey! Sí que eres puntual.
— ¿Andabas tan ocupado? ¿O te anduviste distrayendo con cierta señorita de la ventana?
— En realidad apareció otra mujer.
Arrancó el coche y comenzamos a andar. Una carcajada de él se mezcló con el ruido del estruendoso motor.
— Andas de casanova entonces. No te veía como un hombre de muchos ojos.
—No, no. No es que me la pase mirando mujeres. Era solo una chica que conocí hace un rato en el mercado. No me interesa en lo absoluto.
— Ha ha, y yo no como pasto, amigo. Acéptalo, andas un poco solo ¿No?
— Cree lo que quieras, yo ya te dije la verdad. — Suspiré profundo.
Me enfoqué en mirar la ciudad antes que seguir discutiendo por una estupidez. Realmente la chica tenía razón, el pueblo era hermoso. Había muchas calles arcadas. Y a pesar de ser arcos simples, le proporcionaban un detalle diferente a las calles comunes. Más lejos podía observarse una iglesia gótica. Esta se veía bastante conservada del siglo XIII.
— ¿Esa es la St. Sauveur?
— ¡Qué raro que la conozcas! Sí, es esa. Pero no es mi favorita. Es muy…simple. Presta atención a la siguiente. El Campanario Saint Barthélémy.
Un gran edificio que parecía ser una iglesia antiguamente. Con un gran campanario en la parte superior. En realidad este tipo de diseño nunca me había gustado, pero le daba un tono triste a la ciudad que me gustaba. Es como los días de lluvia, cuando llueve todo se ve gris y triste. Pero son hermosas las tardes de lluvia, el agua cae sin detenerse y acompaña al silencio de uno.
Por otro lado podía observar el mar azul, el aroma marino y la humedad salada. Nunca había tenido tiempo para viajar a una ciudad con mar. La gente estaba con sus reposeras disfrutando el sol de la mañana. Los niños jugaban en la orilla con diferentes gorros de colores. El puerto era muy grande, había muchos botes y barcos. No sé mucho de barcos y marina.
Realmente me gustó, aunque siempre voy a preferir mi ciudad. Sin dudas Le Mans era mi lugar favorito.

Luego del recorrido en coche, mi amigo se detuvo para caminar por las calles de La Rochelle. Nos metimos en un callejón donde tenía varios cafés para descansar por un rato, ya había visto algo parecido en la otra ciudad. Aquí en Francia son bastante comunes. Aproveché para contarle más sobre la chica de la ventana a Roger mientras tomábamos un café en uno de los bares.
— Me gustó la ciudad, es diferente a lo que acostumbro pero me gustó.
— La idea es que empieces algo nuevo. Así también te armas el rompecabezas y disfrutas más de tu vida, amigo.
— Si, lo sé. — Di una pequeña pausa y me incliné hacia el tema— Hey, ¿recuerdas a la mujer de la que te hablé?
— ¿Todavía sigues amarrado a eso? ¿Por qué no le hablas en vez de darle tantas vueltas a la chica?
— En realidad ya hablé con ella. — Puso cara de asombrado y se rio— O lo intenté…
— Espera, ¿Cómo que lo intentaste?
— Mmm, ósea apenas me animé a preguntarle su nombre.
— ¿Nada más? ¿Y cuál es?
— No me lo dijo— Dije un poco avergonzado.
De repente larga una carcajada y hace que la pareja sentada junto a nosotros nos mirara con cierto odio.
— Bueno, al parecer es peor de lo que imaginé. Yo te enseñaré cómo desprenderte de esa personalidad de marginado que te invade. Hagamos esto, hoy empezaremos con un poco de soltura. ¿Sí?
— Okey— dije con algo de dudas.
— Entonces, clase número 1: soltura. ¿Qué te parece que es lo que más nos suelta a las personas?
Me quedé pensando, me daba gracia la situación de todos modos.
— ¿Dormir?
— ¡Reacciona un poco! ¡El alcohol! Obviamente.
— Pero yo nunca bebo.
— Con más razón.
En fin, la conversación terminó en reunirnos en mi nuevo departamento a modo de “estreno” e iba a traer a unos amigos suyos para que vaya conociendo gente. Luego de pagar los cafés terminamos el recorrido y pasamos a buscar a estos amigos suyos.
El primero que subimos al coche era muy corpulento y algo tonto, daba algo de miedo pero aun así no me importó. Otro era bajo y charlatán, me hacía preguntas a cada momento. Y por último estaba el hombre de la barra, me sentí un poco aliviado y feliz ya que conocería a alguien que vería diariamente y no me sentiría tan sólo.

Carcajadas, un par de vasos rotos y música fuerte salían de mi casa. Imagínense que como yo nunca tomaba me pegó demasiado rápido el alcohol. Nos pusimos a jugar a las cartas, apostando cosas sin sentido. Nos reíamos de todo.
— Bueno, creo que tenías razón amigo. El beber es lo que más nos suelta. ¡Mírame!
— ¡Ahora ve a buscar a esa chica y llévala a la cama! — Me dijo con un tono muy fuerte, casi gritando. Me dolía el estómago y no sabía si era por el wiski o por la risa.
— Yo no la quiero para eso.
— ¡Bueno, no hace falta una cama! — Agregó el más bajo.
— Les digo que yo no soy así. Además creo que es una chica diferente.
— Todas son diferentes. Unas son rubias, otras morochas y hasta las hay pelirrojas.
El hombre de la barra, que por cierto su nombre era Boris, se quedó callado y serio. Parecía un poco triste.
— No eres el único con problemas de amores, hijo. — Dijo. Todos nos quedamos en silencio.
— ¿Qué sucedió? No me digas que cupido te metió otro flechazo por las nalgas. —Comentó Roger.
Reventamos de la risa con tal frase. Ya nuestras conversaciones perdían la seriedad.
— La mujer que viene al bar a tomar té todas las tardes, no puedo con ella. Realmente no me animo. Estoy demasiado sólo y ella es tan hermosa.
— Bueno, entonces probemos con algo. Ahora hagamos que yo soy la mujer que desean— Roger se levantó poniéndose la manta del sofá como una falda. — Ustedes deberán decirme lo que piensan como si yo fuera su “amada”.

Riéndonos de la situación nos pusimos a imitar a cada uno, perdiendo masculinidad pero pasándola de lo mejor. La música resonaba fuerte, era una especie de swing.
— Ahora voy a invitar a la dama a que baile conmigo esta pieza— Dije con vos chistosa. Bailando como monos nos reíamos sin parar.

De pronto sonó la puerta. Alguien estaba tocando. Fui a atender, balanceándome de derecha a izquierda con muy poco equilibrio. Al abrir la puerta estaba la chica. Me quedé helado otra vez.
Todos la miraron y luego de dos segundos explotaron a carcajadas.
— ¿Podrían bajar la música un poco? Se escucha desde mi departamento. ¿Acaso no tienen respeto por los demás?
Me quedé perplejo. Asentí con la cabeza. No entendía por qué semejante enfado cuando en realidad no era para tanto.
— ¡Hey, bonita! ¿No te nos unes? — Gritó el grandulón.
Enojada se marchó. Mis nuevos amigos me trajeron de nuevo para adentro del departamento para seguir con la fiesta.

sábado, 13 de julio de 2013

Capítulo 3, El rompecabezas de la vida.



Capítulo 3

Luego de terminar con la puerta me cambié y me dirigí hacia el café para empezar a trabajar. Según me comentó otro mozo, compañero mío, los sábados eran los más movidos. Algo así como que disfrute. No comprendí bien el significado de sus palabras, pero tampoco le di mucha importancia. Algunas caras ya las tenía vistas, el par de hombres del día de ayer vinieron. Al parecer acostumbraban juntarse en este lugar. Yo realmente nunca había ido a tomar un café a algún lado, no era algo que me llame mucho la atención. Creo que tampoco tenía con quien, y solo no me animaba. No tenía sentido.

Luego de llevar algunos cafés a las mesas ubicadas junto a la puerta, me asomo al ventanal. Ella vivía en frente, y yo lo sabía. Antes no había mirado para arriba hacia los edificios. Uno siempre pasa y nunca mira hacia arriba, tal vez le prestamos atención a muy pocas cosas. O solo yo.
Su ventana estaba abierta, y las cortinas bailaban por el viento. Esperaba a que se asomara, pero no lo hacía. Un movimiento brusco interrumpió mis pensamientos. Era Roger que me zamarreó para que bajara a tierra.
— ¡Hey! ¿Qué estás mirando? Andas un tanto distraído.
— ¿Qué? Ah, mmm…no, no pasa nada. ¿Qué haces por aquí?
— Venía de visita para ver cómo te estaba yendo en la ciudad. Mañana pasaré por ti para que la conozcas.
— ¿A quién? — pregunté pensando en ella.
— A la ciudad, a quién más. Bueno, me retiro. Vine de pasada. Estate listo por la mañana.
Asentí con la cabeza. Eché un pequeño vistazo a la ventana de la chica y luego volví a mi trabajo.

Ya estaba oscureciendo. “Toma muchacho, lleva esto a la mesa cinco”, me dijo el hombre de la barra entregándome una bandeja con una copa de Martini. En aquella mesa se encontraba una mujer de unos treinta y tantos años. Se la notaba triste y cansada. Su rostro expresaba una especie de amargura. Apoyé la copa frente a ella sobre la mesa y me retiré. Pero algo me lo impidió. La mujer me tomó del brazo, me miró y me dijo “Yo no pedí nada aún, ¿a qué estás jugando conmigo?”. Me puse un tanto nervioso, y tartamudeando le dije que yo no había sido. Le señalé con el brazo al hombre de la barra.
Su cara cambió completamente al mirarlo. Una extensa sonrisa salió de ella. No entendía muy bien, no sabía que una persona podía cambiar totalmente el humor de otra. Nunca había sido muy romántico, la timidez que tenía me lo impedía. La mujer me agradeció feliz y dejó que me retire.
De repente bajaron las luces del bar. Como si estuviera todo un poco más oscuro. Me acerqué a mi compañero para preguntarle qué pasaba. Dijo que los sábados por la noche siempre venía un pequeño grupo a tocar para nuestros clientes. Las luces bajas le daban un muy buen toque a la cálida noche de verano que pasaba. Un hombre con un saxofón pasó a la parte más vacía del café y comenzó a tocar una melodía que me resultaba conocida. Era realmente agradable el ambiente. El lugar estaba lleno de gente contenta y tomando algún trago. Ya eran las 12 de la noche y mi jefe me dijo que podía retirarme. Pero no lo hice, no quería hacerlo. Me sentí cómodo al fin en este nuevo lugar. Sentí que mi vida estaba cambiando.
Mi corazón se paralizó de repente. Ella estaba frente a mí mirándome, sentada en una mesa sola.
Me quedé helado. Una sensación de escalofríos me recorrió la espalda a pesar del calor que hacía.
— ¿Acaso tengo algo en la cara? — preguntó tocando su mejilla, algo insegura.
— No, lo lamento. No es nada. Aquí está su pedido.
Le entregué su vaso de wiski y me quedé parado junto a ella. Luego de unos segundos me mira otra vez y hecha una pequeña risa. Resultaba muy tierna, era tan esbelta y parecía muy frágil.
Me retiré para no incomodarla más de lo que había hecho. Me arrepentí un poco, no sabía de qué hablarle. Quería conocerla, pero yo nunca había sido bueno conociendo personas. En general las personas se acercaban a mí.

Era la 1 de la madrugada y ella se levantó de su asiento para retirarse. Me alarmé, así que me acerqué a ella y le hablé.
—Hey. Mmm… ¿Puedo preguntarte algo?
—Creo que ya me preguntaste algo. — Volvió a echar la misma risita de antes— Dime.
— ¿Cómo te llamas?
Se quedó mirándome por unos segundos. Sonriente y hermosa, parecía muy segura de sí misma.
— ¿Para qué lo quieres saber? Ya sabes donde vivo, no tendrás que preguntar a alguien si me conoce.
Me quedé mudo. Se acordaba de mí. De cuando la vi en la ventana el día anterior.
—Adiós. — Y con esa última palabra se retiró del café.

Mi corazón latía a mil por hora.

viernes, 12 de julio de 2013

Capítulo 2, El rompecabezas de la vida.



Capítulo 2

Un sol abrazador pasó por la ventana, hace que me piquen los ojos. Algo aturdido traté de levantarme. Pasé al pequeño baño ubicado junto a la cocina y me lavé la cara. Al mirarme al espejo observé las ojeras moradas de mi rostro. “Hoy será un día movido”, pensé.
Me acerqué hacia la ventana para correr las cortinas, pero me inquieté con algo. Frente a mí pasó una mujer bellísima. No logré entender bien cuál era la razón, pero no pude evitar sonreír. Me sentí vivo. Abrí la ventana y me asomé para verla. Ella estaba a 10 metros caminando a paso lento.
Llevaba un Pañuelo verde azulado en la cabeza y una falda plegada hasta la rodilla, lo que llamarían las mujeres “a la moda” para esa época. Llevaba sus labios de un color rojo escarlata.
Un encanto de mujer. Luego de que cruzara por el café donde trabajaría la perdí de vista.

Pasado el mediodía, luego de haber almorzado y de terminado de instalar en el departamento. Decidí cruzar hasta el café-restó de la esquina. Entré al lugar y hablé con un hombre que estaba tras la barra. Con simpatía me indicó lo que debía hacer y me pasó un uniforme para que comenzara a trabajar.
Llevaba cafés, tés, pasteles de mesa en mesa sin problemas. Soy un tipo de buen equilibrio, por suerte. El día fue enérgico, la gente charlaba entre si y de vez que cuando saltaba alguna risotada de un par de hombres que tomaban café y leían el periódico de la tarde.
Luego de las once y media de la noche aproximadamente, el dueño del lugar se me acercó nuevamente con la misma simpatía.
— Gracias a Dios Roger consigue gente buena para mí. Felicitaciones, si quieres puedes retirarte por hoy.
Y al terminar la oración extendió la mano con un sobre de dinero. Asentí con la cabeza y le sonreí agradecido. Volteé y me dirigí hacia la puerta.

Al salir la veo. No sabía si era una imaginación de mi cabeza por haber pensado en ella todo ese día. Su bello rostro seguía conteniendo el mismo color de labial rojo oscuro, pero esta vez llevaba ropas elegantes. Un vestido del mismo color que el pañuelo de esa mañana, y un escote poco pronunciado hacía resaltar su delgado cuello y marcando las curvas de su cuerpo.
Siguió su camino otra vez, y la perdí de vista…otra vez. Me quedé quieto y pensativo, frente la vereda del restó. Mirando la nada misma. Hasta que caí nuevamente a la “realidad”. Un hombre junto a mi estaba mirándome con cara de rareza. Me sentí algo incómodo. Me preguntó si me sucedía algo, y con un simple “No” me retiré hacia mi departamento.

Al llegar cerré la puerta de un portazo y suspiré fuertemente. Luego de unos segundos encendí el velador de la mesa junto al sofá y me senté desprendiendo el moño de mi uniforme.
Más tarde me preparé un café y fui a cerrar las cortinas. Al acercarme a la ventana en mi mente me imaginaba a la chica pasando otra vez, ignorándome como cualquiera lo haría. Pero al mirar a la calle no había más que persianas cerradas de las casas de enfrente- que probablemente estarían vacías- y las luces que resaltaban del café de la esquina. Se destacaban las luces rojas que enmarcaban las letras del cartel principal: “le voyage à l'oubli”. Curioso, creo. Será que el destino me estaba molestado, o me quería dar alguna señal. No me parece coincidencia que el nombre del bar se llame “El viaje al olvido”. Recordar mi pasado es lo último que elegiría en la lista.

Me pareció ver mucha gente para ser un simple viernes por la noche. Tal vez era simple para mí nada más. No es que yo disfrute de mi vida día a día aprovechándolo y viviendo al límite con lo que adoro hacer. Es más, extrañaba tocar el piano. Cuando era pequeño mi madre se dedicó a enseñarme modales y a ser un caballero, y entre todo eso estaba el tocar el piano.
Ella tocaba como nadie que haya escuchado. Plasmaba una paz en cada tecla, y con un sonido suave lograba relajarme todas las tardes. Mi padre en cambio no tocaba ningún instrumento, él no me demostraba mucho cariño. Era alguien más bien serio, aunque yo creo que estaba serio solo por la timidez de expresar mucho amor. Sin embargo lo he encontrado más de una vez bailando con mi madre al son de la música. Por desgracia no se animaba a bailar frente a los demás, o al menos frente a mí. Me ponía contento cuando se me acercaba y se le escapaba una sonrisa cuando le traía algún juguete mío que tallaba con mis propias manos en madera y se lo obsequiaba. Lo amaba mucho a mi padre, lamentablemente no lo veía hace mucho al igual que a mi madre. Se mudaron a Rusia luego de haberme independizado a los 20 años.
Sentí una sensación de inseguridad hacia mí. Con ya mis 24 casi 25 años de edad y ya quedé en bancarrota tan pronto.
Mi café se había enfriado. Lo dejé sobre la mesada de la cocina y me fui a dormir.




La mañana siguiente me desperté bastante tarde, eran ya las 11 de la mañana. Al cambiarme observé otra vez la cortina de mi ventana. Pensé en ella. -¿Si me asomo como ayer la veré de nuevo?-pensé reiteradamente durante un rato.
Decidí no imaginarme cosas. Qué peor que imaginarse un futuro con alguien que no volverás a ver. Sólo sueños tontos.
Ese día iba a lijar la puerta de entrada y pintarla, no me gustaba tener que vivir en algo añejo. Busqué las lijas y la pintura, Me puse una camiseta un poco sucia y salí afuera para comenzar. El sol del mediodía era el más fuerte, lo había olvidado. Apenas corría una corriente fresca desde el sur. Empecé a lijar.
El sudor acompañaba mi piel y caía como lágrimas. Afortunadamente el calor me ayudaría al secado rápido de la pintura blanca.
Al finalizar con esa etapa volteé para buscar el pote de pintura. Evidentemente el destino se la había tomado conmigo y estaba jugando. Ella se encontraba en la ventana del primer piso del edificio frente al café. Una ventana grande para lo que parecía el edificio.
No sé si fue por el calor o por la chica, pero de a poco me faltaba el aire. Me quedé observándola por un rato. Ella solo estaba sentada frente la ventana, era de esas que llegaban al suelo y se abrían para adentro.
Esta vez no tenía un pañuelo ni nada relacionado. Sino un fresco vestido color salmón que entonaba con su piel perfecta. Sentada allí quien sabe qué haciendo. Al menos ya sabía dónde vivía.
Ella me miró repentinamente, de un golpe se levantó y cerró las cortinas. Una sensación de curiosidad, exaltación, emoción y un poco de todo me llegó al cuerpo.


Quería conocerla.

Capítulo 1, El rompecabezas de la vida.

Capítulo 1

Luego de un largo viaje, un poco cansado, esperé a mi amigo Roger, quien me pasaría a buscar. Él fue muy bueno conmigo. Yo me encontraba en una situación lamentablemente desastrosa. Perdí mi trabajo en mi ciudad natal, y no había vacantes laborales en ningún lugar. Apenas podía pagar mi departamento, y apareció él. Hace tiempo no lo veía, lo extrañaba mucho. Lo conozco desde pequeño, íbamos juntos a la primaria. Él me llamó por teléfono luego de dos semanas de mi despido. Recuerdo que hablé un rato bastante largo con Roger, tantas cosas para contar.
 Luego de un par de anécdotas de nuestra infancia, me preguntó cómo estaba actualmente. Al contarle mi situación de manera vergonzosa, sin dudarlo me ofreció un lugar donde quedarme. Este lugar no era de las mejores condiciones pero quedaba muy cerca de donde necesitaban un ayudante de trabajo. Lo malo es que él no hablaba de mi ciudad, de la espléndida Le Mans, sino que debía viajar hasta La Rochelle, ciudad que no conocía en lo absoluto. No llevo la costumbre de viajar fuera de la ciudad, siempre adoré Le Mans. Tuve la suerte de poder vivir frente la catedral Saint-Julián, la atracción principal en la ciudad. No entraba muchas veces, pero adoraba su arquitectura y su antigüedad.

Viajé en tren con algo de dinero que tenía ahorrado. Sabía que extrañaría mi ciudad por un tiempo, pero debía rehacer mi vida. Mi última relación había sido hace 10 meses atrás, la cual terminó por el engaño de mi novia junto a mi vecino de al lado. Con mi corazón hecho pedazos,-aunque ya superado bastante- mi falta de trabajo, y con una vida monótona y aburrida era necesario cambiar las cosas.

—¡¡Julien!! – Gritó Roger con entusiasmo.




Mi cara se transformó de repente. Una amplia sonrisa se enmarcó en mi rostro. Sentí un tirón en el pecho, con tantos disgustos que había estado padeciendo hizo que la alegría me golpeara de repente. Se me acercó y me abrazó calurosamente. No lo veía cambiado. Era el mismo con el que había festejado el último año nuevo hace un año, el último de los alegres.

— Ha pasado tiempo, ¿no? Me alegra mucho verte, y gracias por la ayuda. No sé cómo voy a poder compensártelo.

— No es problema, todos necesitamos ayuda en algún momento. Esta vez te tocó a ti.




Subimos a su auto y me llevó hacia donde me iba a hospedar. Quedaba cerca del centro comercial de la ciudad, pero era bastante tranquilo. Era una zona agradable a comparación con el barullo que producía la zona céntrica.

— Es aquí— dijo Roger mientras abría la portezuela del coche— Es algo pobre, pero con un par de reparaciones y algo de pintura quedará como nuevo.

Me quedé observando la entrada. Era una puerta un poco simple hecha de madera que se notaba ya un poco erosionada y resquebrajada. A pesar de la primer vista era bonito por dentro. Era un pequeño departamento con una sala-comedor con cocina integrada y a un lado una habitación más amplia de lo que había imaginado. Contenía algunos muebles viejos y una cama de metal algo oxidada.

Le agradecí con todas las palabras que se me ocurrió decirle. Me sentía avergonzado por haber tenido que acudir a la ayuda de alguien por cuestiones económicas.

— Deja de agradecerme, es un gusto hacer esto. Verás lo hermosa que es esta ciudad. A mí me trajo a una nueva vida.

— Espero que tengas razón- me reí- ¿Y dónde dices que trabajaré?

— Allí en esa esquina- dijo señalando a través de la ventana— en ese café-restó. Trabajarás de mozo por la tarde y por la noche. Te adaptarás bien, siempre se rodea de buena gente.

Sentí algo de miedo, detesto empezar cosas nuevas. Soy bastante tímido y cerrado, así que no creí en las palabras de mi amigo.

Luego de una pausa agregué:

— ¿Cuándo empiezo?

— Hoy hablé con el dueño, así que comienzas mañana, Julien. — Tragué saliva— No te preocupes, te conozco bien como para saber cómo te sientes. Relájate, duerme bien, y mañana te visitaré en el café. Ah, y entras a las 16 hs. Hasta cuando te digan que te retires.

Tomó su abrigo y lo puso detrás de su hombro. Me miró y sonrió, y luego se fue.



Por un lado me sentía aliviado, pero por otro estaba estresado por tantos pensamientos que se me venían a la cabeza. No conocía la ciudad, ni a las personas de este nuevo lugar. Aunque me sentía contento por poder aventurarme en algo desconocido. Esperaba que mi vida no surgiera otra vez con la monotonía de siempre.