Capítulo 1
Luego de un largo viaje, un poco cansado, esperé a mi amigo Roger, quien me pasaría a buscar. Él fue muy bueno conmigo. Yo me encontraba en una situación lamentablemente desastrosa. Perdí mi trabajo en mi ciudad natal, y no había vacantes laborales en ningún lugar. Apenas podía pagar mi departamento, y apareció él. Hace tiempo no lo veía, lo extrañaba mucho. Lo conozco desde pequeño, íbamos juntos a la primaria. Él me llamó por teléfono luego de dos semanas de mi despido. Recuerdo que hablé un rato bastante largo con Roger, tantas cosas para contar.
Luego de un par de anécdotas de nuestra infancia, me preguntó cómo estaba actualmente. Al contarle mi situación de manera vergonzosa, sin dudarlo me ofreció un lugar donde quedarme. Este lugar no era de las mejores condiciones pero quedaba muy cerca de donde necesitaban un ayudante de trabajo. Lo malo es que él no hablaba de mi ciudad, de la espléndida Le Mans, sino que debía viajar hasta La Rochelle, ciudad que no conocía en lo absoluto. No llevo la costumbre de viajar fuera de la ciudad, siempre adoré Le Mans. Tuve la suerte de poder vivir frente la catedral Saint-Julián, la atracción principal en la ciudad. No entraba muchas veces, pero adoraba su arquitectura y su antigüedad.
Viajé en tren con algo de dinero que tenía ahorrado. Sabía que extrañaría mi ciudad por un tiempo, pero debía rehacer mi vida. Mi última relación había sido hace 10 meses atrás, la cual terminó por el engaño de mi novia junto a mi vecino de al lado. Con mi corazón hecho pedazos,-aunque ya superado bastante- mi falta de trabajo, y con una vida monótona y aburrida era necesario cambiar las cosas.
—¡¡Julien!! – Gritó Roger con entusiasmo.
Mi cara se transformó de repente. Una amplia sonrisa se enmarcó en mi rostro. Sentí un tirón en el pecho, con tantos disgustos que había estado padeciendo hizo que la alegría me golpeara de repente. Se me acercó y me abrazó calurosamente. No lo veía cambiado. Era el mismo con el que había festejado el último año nuevo hace un año, el último de los alegres.
— Ha pasado tiempo, ¿no? Me alegra mucho verte, y gracias por la ayuda. No sé cómo voy a poder compensártelo.
— No es problema, todos necesitamos ayuda en algún momento. Esta vez te tocó a ti.
Subimos a su auto y me llevó hacia donde me iba a hospedar. Quedaba cerca del centro comercial de la ciudad, pero era bastante tranquilo. Era una zona agradable a comparación con el barullo que producía la zona céntrica.
— Es aquí— dijo Roger mientras abría la portezuela del coche— Es algo pobre, pero con un par de reparaciones y algo de pintura quedará como nuevo.
Me quedé observando la entrada. Era una puerta un poco simple hecha de madera que se notaba ya un poco erosionada y resquebrajada. A pesar de la primer vista era bonito por dentro. Era un pequeño departamento con una sala-comedor con cocina integrada y a un lado una habitación más amplia de lo que había imaginado. Contenía algunos muebles viejos y una cama de metal algo oxidada.
Le agradecí con todas las palabras que se me ocurrió decirle. Me sentía avergonzado por haber tenido que acudir a la ayuda de alguien por cuestiones económicas.
— Deja de agradecerme, es un gusto hacer esto. Verás lo hermosa que es esta ciudad. A mí me trajo a una nueva vida.
— Espero que tengas razón- me reí- ¿Y dónde dices que trabajaré?
— Allí en esa esquina- dijo señalando a través de la ventana— en ese café-restó. Trabajarás de mozo por la tarde y por la noche. Te adaptarás bien, siempre se rodea de buena gente.
Sentí algo de miedo, detesto empezar cosas nuevas. Soy bastante tímido y cerrado, así que no creí en las palabras de mi amigo.
Luego de una pausa agregué:
— ¿Cuándo empiezo?
— Hoy hablé con el dueño, así que comienzas mañana, Julien. — Tragué saliva— No te preocupes, te conozco bien como para saber cómo te sientes. Relájate, duerme bien, y mañana te visitaré en el café. Ah, y entras a las 16 hs. Hasta cuando te digan que te retires.
Tomó su abrigo y lo puso detrás de su hombro. Me miró y sonrió, y luego se fue.
Por un lado me sentía aliviado, pero por otro estaba estresado por tantos pensamientos que se me venían a la cabeza. No conocía la ciudad, ni a las personas de este nuevo lugar. Aunque me sentía contento por poder aventurarme en algo desconocido. Esperaba que mi vida no surgiera otra vez con la monotonía de siempre.
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