En este blog hay mucho de mi, que tal vez no puedo expresar hablando. Quiero que puedan disfrutar de mi imaginación tanto como yo lo hago. Por esto voy a plasmar mis pensamientos acá.
sábado, 13 de julio de 2013
Capítulo 3, El rompecabezas de la vida.
Capítulo 3
Luego de terminar con la puerta me cambié y me dirigí hacia el café para empezar a trabajar. Según me comentó otro mozo, compañero mío, los sábados eran los más movidos. Algo así como que disfrute. No comprendí bien el significado de sus palabras, pero tampoco le di mucha importancia. Algunas caras ya las tenía vistas, el par de hombres del día de ayer vinieron. Al parecer acostumbraban juntarse en este lugar. Yo realmente nunca había ido a tomar un café a algún lado, no era algo que me llame mucho la atención. Creo que tampoco tenía con quien, y solo no me animaba. No tenía sentido.
Luego de llevar algunos cafés a las mesas ubicadas junto a la puerta, me asomo al ventanal. Ella vivía en frente, y yo lo sabía. Antes no había mirado para arriba hacia los edificios. Uno siempre pasa y nunca mira hacia arriba, tal vez le prestamos atención a muy pocas cosas. O solo yo.
Su ventana estaba abierta, y las cortinas bailaban por el viento. Esperaba a que se asomara, pero no lo hacía. Un movimiento brusco interrumpió mis pensamientos. Era Roger que me zamarreó para que bajara a tierra.
— ¡Hey! ¿Qué estás mirando? Andas un tanto distraído.
— ¿Qué? Ah, mmm…no, no pasa nada. ¿Qué haces por aquí?
— Venía de visita para ver cómo te estaba yendo en la ciudad. Mañana pasaré por ti para que la conozcas.
— ¿A quién? — pregunté pensando en ella.
— A la ciudad, a quién más. Bueno, me retiro. Vine de pasada. Estate listo por la mañana.
Asentí con la cabeza. Eché un pequeño vistazo a la ventana de la chica y luego volví a mi trabajo.
Ya estaba oscureciendo. “Toma muchacho, lleva esto a la mesa cinco”, me dijo el hombre de la barra entregándome una bandeja con una copa de Martini. En aquella mesa se encontraba una mujer de unos treinta y tantos años. Se la notaba triste y cansada. Su rostro expresaba una especie de amargura. Apoyé la copa frente a ella sobre la mesa y me retiré. Pero algo me lo impidió. La mujer me tomó del brazo, me miró y me dijo “Yo no pedí nada aún, ¿a qué estás jugando conmigo?”. Me puse un tanto nervioso, y tartamudeando le dije que yo no había sido. Le señalé con el brazo al hombre de la barra.
Su cara cambió completamente al mirarlo. Una extensa sonrisa salió de ella. No entendía muy bien, no sabía que una persona podía cambiar totalmente el humor de otra. Nunca había sido muy romántico, la timidez que tenía me lo impedía. La mujer me agradeció feliz y dejó que me retire.
De repente bajaron las luces del bar. Como si estuviera todo un poco más oscuro. Me acerqué a mi compañero para preguntarle qué pasaba. Dijo que los sábados por la noche siempre venía un pequeño grupo a tocar para nuestros clientes. Las luces bajas le daban un muy buen toque a la cálida noche de verano que pasaba. Un hombre con un saxofón pasó a la parte más vacía del café y comenzó a tocar una melodía que me resultaba conocida. Era realmente agradable el ambiente. El lugar estaba lleno de gente contenta y tomando algún trago. Ya eran las 12 de la noche y mi jefe me dijo que podía retirarme. Pero no lo hice, no quería hacerlo. Me sentí cómodo al fin en este nuevo lugar. Sentí que mi vida estaba cambiando.
Mi corazón se paralizó de repente. Ella estaba frente a mí mirándome, sentada en una mesa sola.
Me quedé helado. Una sensación de escalofríos me recorrió la espalda a pesar del calor que hacía.
— ¿Acaso tengo algo en la cara? — preguntó tocando su mejilla, algo insegura.
— No, lo lamento. No es nada. Aquí está su pedido.
Le entregué su vaso de wiski y me quedé parado junto a ella. Luego de unos segundos me mira otra vez y hecha una pequeña risa. Resultaba muy tierna, era tan esbelta y parecía muy frágil.
Me retiré para no incomodarla más de lo que había hecho. Me arrepentí un poco, no sabía de qué hablarle. Quería conocerla, pero yo nunca había sido bueno conociendo personas. En general las personas se acercaban a mí.
Era la 1 de la madrugada y ella se levantó de su asiento para retirarse. Me alarmé, así que me acerqué a ella y le hablé.
—Hey. Mmm… ¿Puedo preguntarte algo?
—Creo que ya me preguntaste algo. — Volvió a echar la misma risita de antes— Dime.
— ¿Cómo te llamas?
Se quedó mirándome por unos segundos. Sonriente y hermosa, parecía muy segura de sí misma.
— ¿Para qué lo quieres saber? Ya sabes donde vivo, no tendrás que preguntar a alguien si me conoce.
Me quedé mudo. Se acordaba de mí. De cuando la vi en la ventana el día anterior.
—Adiós. — Y con esa última palabra se retiró del café.
Mi corazón latía a mil por hora.
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