Caminé hasta casa y luego de entrar cerré la puerta de un portazo. Me tiré sobre la cama sin siquiera quitarme la ropa. Me quedé así, tendido, mirando la pared blanca y un tanto húmeda. No sabía qué pensar, tenía la mente en blanco. Ella no hacía mas que darme signos confusos de todo. Me abraza, me toma del brazo, me habla prácticamente solo a mí. Y sino me ignora, me grita, desconfía. ¿Por qué tanta desconfianza? ¿Qué es lo que tanto esconde?
Me desperté sobresaltado de la cama. Me encontraba completamente sudado, así que decidí tomar una ducha.
Preparé un café, eran unos minutos pasados del mediodía, me acerqué a la ventana y cerré la cortina, no sé bien por qué. Sobre la mesa había dejado un par de bocetos del retrato de Angelina, los tomé y me los quedé mirando. Angelina...qué mujer mas... Suspiré y arrugué los bocetos, no eran nada comparados con ella. Me daba vergüenza pensar cosas tan cursis.
Entré a trabajar, miré su ventana, estaba abierta. Atendí varias mesas, no vino mucha gente mas que los consumidores cotidianos. Boris estuvo muy atento si llegaba a venir su amada, pero no sucedió.
Luego de limpiar los baños, decidí tomar un poco de aire, el calor era insoportable. Maldita casualidad.
Ella se encontraba allí, cruzando la calle frente la puerta de su casa. Llevaba un vestido liviano color azul, hacía juego con sus ojos. Esos ojos me miraron de repente y se clavaron fijos en mí. Su rostro mostraba algo de preocupación, hizo una mueca tratando de sonreír. Yo no pude evitar sonreír también, aunque con menos lamentos, no podía enfadarme con ella, no sé por qué.
Comenzó a caminar hacia mí, sonriendo cada vez mas naturalmente. Sus cabellos rebeldes que se habían salido de su cola de caballo, revoloteando por su largo y delicado cuello.
-Hola- me dijo una vez que se acercó a mí.
-Hola Angelina- no sé por qué dije su nombre. Me encantaba.
Se acercó un poco mas, y con algo de desconfianza me abrazó despacio. Un poco tímido la seguí, la rodeé con mis brazos inundandome en su perfume, parecido al de una cereza.
-¡Fleur!
Un tipo gritaba fuertemente desde la cuadra de enfrente. Angelina se volteó.
-¿Francis?- le dijo ella, y de repente me soltó.
Ese tipo se le acercó, riéndose y luego la abrazó levantándola en brazos. Yo me quedé ahí de pie junto a las mesas del bar, sin comprender nada. A ella se la notaba contenta, pero un tanto incómoda, no tanto como yo.
-Am...bueno. ¿Qué haces por aquí? Pensé que te habías ido a París para siempre.
-No, volví por ti- afirmó él, mirándome con una sonrisa maliciosa. Solté un bufido inconsciente, y me avergonzó haberlo hecho. Ella me miró como confundida. Yo no debía quedarme allí mas tiempo.
-Bueno, supongo que debo seguir trabajando.
- Seguro que sí- dijo el tipo. Una amargura me rodeó el pecho, sin decir mas nada, me retiré para entrar en el café y seguir trabajando. Ellos se metieron en el departamento.
Se me hacía difícil no pensar en los dos juntos, haciendo quien sabe qué. ¿Quién era ese tipo? Sí, al parecer es un tal Francis. Pero, ¿Qué relación tiene con ella?
Cuando sentía que las cosas se iban moldeando, aparece este fanfarrón de la nada. ¿Por qué no se quedó en París? Aquí nadie lo necesita.
Mientras llevaba un té con limón a una de las mesas, comencé a reírme, sin poder evitarlo. ¿Era cierto? Sentía celos, sí, algo que nunca había sentido. Me recorría todo el cuerpo, como la sangre en mis venas.
Pasada ya una hora, me asomo a la vidriera del bar, observo su ventana. Ese Francis estaba parado justo al lado de la ventana. "Cómo te empujaría desde allí", pensé, exagerando mas que nunca. Otra vez me reí, pero de mi pensamiento. Francis se volteó justo y me miró. Simulé estar acomodando una de las sillas junto a mí. Volví la mirada hacia él, sonrió otra vez con sus dientes amarillentos pero casi perfectos, y cerró la ventana, incluyendo las cortinas.
Un calor me envolvió de repente. Pero me dirigí hacia la barra para olvidar todo.
-¡Qué rostro!- exclamó Boris.
-¿Qué? Estoy normal.
-Sí, claro...-Mhm- asentí, sin ganas de platicar.
-Lo vi todo, aunque no me hayas visto tu a mí- respondió, acomodando unas copas en uno de los escaparates.
Me sentía enfadado, no necesitaba opiniones de otros. Tomé una bandeja con un par de cafés y los llevé hacia una de las mesas de afuera. Se oían risas desde la ventana, luego una música tranquila. Mi imaginación me descolocaba tratando de pensar qué hacían allí arriba. En mi cabeza se repetía una y otra vez las manos de ese tipo en la cintura de Angelina, su cara de deseo y satisfacción. Me producía un asco inmenso, y me causaba impotencia no poder hacer nada al respecto.
Mi mente, aislada de la realidad, no me ayudaba en nada. Cuando traté de apoyar uno de los cafés sobre la mesa, se me cayó la bandeja completa, causando un estrepitoso ruido. Subí mis manos a mi nuca en un intento de relajarme, luego pedí perdón a la pareja sentada en la mesa y me puse a levantar los trastos del suelo.
-¡Julién!- gritó Angelina desde la ventana, con una expresión de preocupación-¿Te encuentras bien?
La miré fijamente, Francis la tenía tomada por la cintura, ella le quitó la mano bruscamente. Sentí una rabia terrible por ese abusador. No dije nada, puse los trozos rotos de vidrio sobre la bandeja y los entré. Boris se quedó mirándome.
-...lo lamento....yo....
Boris se pasó la mano por el rostro y suspiró.
-Julien ¿Quieres tomarte el día libre?
-Pero estoy bien, yo pue...
-Por el bien de todos, por favor.-Me interrumpió.
Otra vez puse mis manos en la nuca, luego asentí con la cabeza. Dejé la bandeja sobre la mesa junto con mi delantal.
Entré a mi casa y fui a lavarme la cara así despejaba mi cabeza un poco. Mojé mi rostro con ambas manos y me quedé mirando mi reflejo en el espejo. El lado derecho de mi rostro estaba completamente rojo. NO me aterroricé, fue extraño. Mi mano estaba sangrando mucho,no lo había notado. Revolví en el botiquín en busca de algún tipo de vendaje. Solo encontré un poco de gasa, así que rodeé la herida con un poco de presión e hice un nudo a los extremos. Con la otra mano volví a limpiarme el rostro lleno de sangre.
Me sentía nervioso, triste, y patético por mi comportamiento estúpido. Me puse una camisa, mis tirantes, el saco y salí de casa.
Comencé a caminar, casi sin pensarlo, la puerta de la casa de Angie estaba abierta, emanaba una luz cálida a a calle oscura por la noche. Seguí caminando unas cuatro cuadras hasta la costa. Comenzaba a sentir la humedad de las playas hasta que llegué a una.
De pie,iluminado solo por la luz de la luna llena, me quedé mirando las olas rompiendo contra las piedras, pensando en nada.
Me quité los zapatos, el saco y dejé los tirantes colgando a los lados de mis piernas. Luego me senté en la arena, estaba fresca. Tomé un puñado de arena y dejé que fluyera por mis dedos.
¿Cómo terminé tan solo? ¿Cómo terminé aquí? Si las cosas pasan por algo, ¿por qué todo lo que me sucede es tan malo?
Tomé otro puñado de arena y lo solté sobre mis pies decalzos. El silencio me relajaba.
¿Por qué ya no le importo a mis amigos de Le Mans? ¿Y por qué ella me dejó...
Tomé un puñado grande de arena y lo tiré con fuerza hacia adelante, con furia. Sentí un vacío en el pecho, la vida me había desconcertado, me había dado el rechazo de todo, y la peor mala suerte que nunca había tenido. Solté una lágrima, casi sin darme cuenta que estaba llorando.
Sacudí mi saco, lleno de arena y lo posé a mi izquierda. Observé otra vez las olas rompiendo. Rompían como yo, ahora, desmoronándome de a poco. Como las tazas de café....
Tomé otro puñado de arena. Unos pies descalzos estaban junto a mí. No me dí cuenta al concentrarme tanto en mis pensamientos. Subí la mirada y vi su vestido azul flameando al viento. Solté el puñado de arena sobre mis pies nuevamente, con la misma tranquilidad. Ella se sentó junto a mí, sin decir nada.
Un perro pasó por delante de nosotros, esparciendo arena por todos lados y sobre nosotros. Ella se comenzó a reír, tenía una risa encantadora y dulce. Yo sonreí acariciando al perro, éste se alejó corriendo.
Ella posó su mano sobre mi cabeza y revolvió mi rojizo cabello repleto de arena. Se quedó mirando mi mano vendada. Traté de ocultarla con mi otra mano, pero ella la tomó con cuidado y la miró de cerca, la gasa se había teñido de rojo, como sus labios.
-¿Te duele?
Creo que mi mano es lo que menos me dolía en ese momento. Negué con la cabeza.
Quedamos otra vez mirando hacia el mar, pero no soltó mi mano.
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