Rocío saltaba de charco en charco, salpicando agua por doquier mientras que su madre la regañaba para que se detenga. Rocío no entendía a su mamá, con una lluvia tan gruesa no veía por qué le molestaría alguna gotita de agua de esos charcos. A ella le encantaba el agua, la lluvia y todo lo relacionado con el agua. Cuando en el jardín una profesora le dijo que su nombre era el agua que caía por la noche Rocío se puso muy contenta.
La niña seguía saltando, sin importarle nada. La lluvia mojaba sus hermosos bucles, pero de algún modo conservaban la forma. Un charco, salpica, otro charco, salpica, una baldosa floja, se empapa los piesitos. "Rocío, dejá de jugar con los charcos y caminá rápido que está lloviendo mas fuerte", le dijo su mamá. Otra vez no la entendía, si los charcos son tan divertidos para jugar y no le hacen daño a nadie. Y si llueve mas fuerte, mejor, mas charcos para saltar, mas diferente el día de los otros.
Siguió caminando, pero seguía pisando el agua, esta vez sin tanta euforia para que su madre no se enoje. De pronto ve a unos metros un charco gigante, la tentación era incontrolable. Su imaginación empezó a correr, se imaginaba pisando ese charco gigante y hundiéndose a un mundo bajo el agua, nadando como esas sirenas que aparecen en los dibujitos de la tele. Se imaginaba hablando con los peces que había visto en el acuario la semana pasada. Entonces se detuvo.
-Mami, ¿Por qué nunca fuimos a nadar?- dijo un poco enojada.
La madre la miró y trató de decirle una respuesta creíble.
-Porque no somos acuáticos y tenemos que estar secos...
-¿Qué es "acubáticos"?
-Quiere decir que podemos estar en el agua mucho tiempo. Ahora caminá, que tenemos que estar secas.
Lo que la niña no sabía era que su madre tenía terror por el agua desde muy pequeña, cuando un día la arrolló una ola enorme en la playa y se ahogó.
-Yo quiero ser acubática algún día, entonces.
Luego entraron a una confitería a esperar que pare la lluvia.
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