Capítulo 2
Un sol abrazador pasó por la ventana, hace que me piquen los ojos. Algo aturdido traté de levantarme. Pasé al pequeño baño ubicado junto a la cocina y me lavé la cara. Al mirarme al espejo observé las ojeras moradas de mi rostro. “Hoy será un día movido”, pensé.
Me acerqué hacia la ventana para correr las cortinas, pero me inquieté con algo. Frente a mí pasó una mujer bellísima. No logré entender bien cuál era la razón, pero no pude evitar sonreír. Me sentí vivo. Abrí la ventana y me asomé para verla. Ella estaba a 10 metros caminando a paso lento.
Llevaba un Pañuelo verde azulado en la cabeza y una falda plegada hasta la rodilla, lo que llamarían las mujeres “a la moda” para esa época. Llevaba sus labios de un color rojo escarlata.
Un encanto de mujer. Luego de que cruzara por el café donde trabajaría la perdí de vista.
Pasado el mediodía, luego de haber almorzado y de terminado de instalar en el departamento. Decidí cruzar hasta el café-restó de la esquina. Entré al lugar y hablé con un hombre que estaba tras la barra. Con simpatía me indicó lo que debía hacer y me pasó un uniforme para que comenzara a trabajar.
Llevaba cafés, tés, pasteles de mesa en mesa sin problemas. Soy un tipo de buen equilibrio, por suerte. El día fue enérgico, la gente charlaba entre si y de vez que cuando saltaba alguna risotada de un par de hombres que tomaban café y leían el periódico de la tarde.
Luego de las once y media de la noche aproximadamente, el dueño del lugar se me acercó nuevamente con la misma simpatía.
— Gracias a Dios Roger consigue gente buena para mí. Felicitaciones, si quieres puedes retirarte por hoy.
Y al terminar la oración extendió la mano con un sobre de dinero. Asentí con la cabeza y le sonreí agradecido. Volteé y me dirigí hacia la puerta.
Al salir la veo. No sabía si era una imaginación de mi cabeza por haber pensado en ella todo ese día. Su bello rostro seguía conteniendo el mismo color de labial rojo oscuro, pero esta vez llevaba ropas elegantes. Un vestido del mismo color que el pañuelo de esa mañana, y un escote poco pronunciado hacía resaltar su delgado cuello y marcando las curvas de su cuerpo.
Siguió su camino otra vez, y la perdí de vista…otra vez. Me quedé quieto y pensativo, frente la vereda del restó. Mirando la nada misma. Hasta que caí nuevamente a la “realidad”. Un hombre junto a mi estaba mirándome con cara de rareza. Me sentí algo incómodo. Me preguntó si me sucedía algo, y con un simple “No” me retiré hacia mi departamento.
Al llegar cerré la puerta de un portazo y suspiré fuertemente. Luego de unos segundos encendí el velador de la mesa junto al sofá y me senté desprendiendo el moño de mi uniforme.
Más tarde me preparé un café y fui a cerrar las cortinas. Al acercarme a la ventana en mi mente me imaginaba a la chica pasando otra vez, ignorándome como cualquiera lo haría. Pero al mirar a la calle no había más que persianas cerradas de las casas de enfrente- que probablemente estarían vacías- y las luces que resaltaban del café de la esquina. Se destacaban las luces rojas que enmarcaban las letras del cartel principal: “le voyage à l'oubli”. Curioso, creo. Será que el destino me estaba molestado, o me quería dar alguna señal. No me parece coincidencia que el nombre del bar se llame “El viaje al olvido”. Recordar mi pasado es lo último que elegiría en la lista.
Me pareció ver mucha gente para ser un simple viernes por la noche. Tal vez era simple para mí nada más. No es que yo disfrute de mi vida día a día aprovechándolo y viviendo al límite con lo que adoro hacer. Es más, extrañaba tocar el piano. Cuando era pequeño mi madre se dedicó a enseñarme modales y a ser un caballero, y entre todo eso estaba el tocar el piano.
Ella tocaba como nadie que haya escuchado. Plasmaba una paz en cada tecla, y con un sonido suave lograba relajarme todas las tardes. Mi padre en cambio no tocaba ningún instrumento, él no me demostraba mucho cariño. Era alguien más bien serio, aunque yo creo que estaba serio solo por la timidez de expresar mucho amor. Sin embargo lo he encontrado más de una vez bailando con mi madre al son de la música. Por desgracia no se animaba a bailar frente a los demás, o al menos frente a mí. Me ponía contento cuando se me acercaba y se le escapaba una sonrisa cuando le traía algún juguete mío que tallaba con mis propias manos en madera y se lo obsequiaba. Lo amaba mucho a mi padre, lamentablemente no lo veía hace mucho al igual que a mi madre. Se mudaron a Rusia luego de haberme independizado a los 20 años.
Sentí una sensación de inseguridad hacia mí. Con ya mis 24 casi 25 años de edad y ya quedé en bancarrota tan pronto.
Mi café se había enfriado. Lo dejé sobre la mesada de la cocina y me fui a dormir.
La mañana siguiente me desperté bastante tarde, eran ya las 11 de la mañana. Al cambiarme observé otra vez la cortina de mi ventana. Pensé en ella. -¿Si me asomo como ayer la veré de nuevo?-pensé reiteradamente durante un rato.
Decidí no imaginarme cosas. Qué peor que imaginarse un futuro con alguien que no volverás a ver. Sólo sueños tontos.
Ese día iba a lijar la puerta de entrada y pintarla, no me gustaba tener que vivir en algo añejo. Busqué las lijas y la pintura, Me puse una camiseta un poco sucia y salí afuera para comenzar. El sol del mediodía era el más fuerte, lo había olvidado. Apenas corría una corriente fresca desde el sur. Empecé a lijar.
El sudor acompañaba mi piel y caía como lágrimas. Afortunadamente el calor me ayudaría al secado rápido de la pintura blanca.
Al finalizar con esa etapa volteé para buscar el pote de pintura. Evidentemente el destino se la había tomado conmigo y estaba jugando. Ella se encontraba en la ventana del primer piso del edificio frente al café. Una ventana grande para lo que parecía el edificio.
No sé si fue por el calor o por la chica, pero de a poco me faltaba el aire. Me quedé observándola por un rato. Ella solo estaba sentada frente la ventana, era de esas que llegaban al suelo y se abrían para adentro.
Esta vez no tenía un pañuelo ni nada relacionado. Sino un fresco vestido color salmón que entonaba con su piel perfecta. Sentada allí quien sabe qué haciendo. Al menos ya sabía dónde vivía.
Ella me miró repentinamente, de un golpe se levantó y cerró las cortinas. Una sensación de curiosidad, exaltación, emoción y un poco de todo me llegó al cuerpo.
Quería conocerla.
Siguió su camino otra vez, y la perdí de vista…otra vez. Me quedé quieto y pensativo, frente la vereda del restó. Mirando la nada misma. Hasta que caí nuevamente a la “realidad”. Un hombre junto a mi estaba mirándome con cara de rareza. Me sentí algo incómodo. Me preguntó si me sucedía algo, y con un simple “No” me retiré hacia mi departamento.
Al llegar cerré la puerta de un portazo y suspiré fuertemente. Luego de unos segundos encendí el velador de la mesa junto al sofá y me senté desprendiendo el moño de mi uniforme.
Más tarde me preparé un café y fui a cerrar las cortinas. Al acercarme a la ventana en mi mente me imaginaba a la chica pasando otra vez, ignorándome como cualquiera lo haría. Pero al mirar a la calle no había más que persianas cerradas de las casas de enfrente- que probablemente estarían vacías- y las luces que resaltaban del café de la esquina. Se destacaban las luces rojas que enmarcaban las letras del cartel principal: “le voyage à l'oubli”. Curioso, creo. Será que el destino me estaba molestado, o me quería dar alguna señal. No me parece coincidencia que el nombre del bar se llame “El viaje al olvido”. Recordar mi pasado es lo último que elegiría en la lista.
Me pareció ver mucha gente para ser un simple viernes por la noche. Tal vez era simple para mí nada más. No es que yo disfrute de mi vida día a día aprovechándolo y viviendo al límite con lo que adoro hacer. Es más, extrañaba tocar el piano. Cuando era pequeño mi madre se dedicó a enseñarme modales y a ser un caballero, y entre todo eso estaba el tocar el piano.
Ella tocaba como nadie que haya escuchado. Plasmaba una paz en cada tecla, y con un sonido suave lograba relajarme todas las tardes. Mi padre en cambio no tocaba ningún instrumento, él no me demostraba mucho cariño. Era alguien más bien serio, aunque yo creo que estaba serio solo por la timidez de expresar mucho amor. Sin embargo lo he encontrado más de una vez bailando con mi madre al son de la música. Por desgracia no se animaba a bailar frente a los demás, o al menos frente a mí. Me ponía contento cuando se me acercaba y se le escapaba una sonrisa cuando le traía algún juguete mío que tallaba con mis propias manos en madera y se lo obsequiaba. Lo amaba mucho a mi padre, lamentablemente no lo veía hace mucho al igual que a mi madre. Se mudaron a Rusia luego de haberme independizado a los 20 años.
Sentí una sensación de inseguridad hacia mí. Con ya mis 24 casi 25 años de edad y ya quedé en bancarrota tan pronto.
Mi café se había enfriado. Lo dejé sobre la mesada de la cocina y me fui a dormir.
La mañana siguiente me desperté bastante tarde, eran ya las 11 de la mañana. Al cambiarme observé otra vez la cortina de mi ventana. Pensé en ella. -¿Si me asomo como ayer la veré de nuevo?-pensé reiteradamente durante un rato.
Decidí no imaginarme cosas. Qué peor que imaginarse un futuro con alguien que no volverás a ver. Sólo sueños tontos.
Ese día iba a lijar la puerta de entrada y pintarla, no me gustaba tener que vivir en algo añejo. Busqué las lijas y la pintura, Me puse una camiseta un poco sucia y salí afuera para comenzar. El sol del mediodía era el más fuerte, lo había olvidado. Apenas corría una corriente fresca desde el sur. Empecé a lijar.
El sudor acompañaba mi piel y caía como lágrimas. Afortunadamente el calor me ayudaría al secado rápido de la pintura blanca.
Al finalizar con esa etapa volteé para buscar el pote de pintura. Evidentemente el destino se la había tomado conmigo y estaba jugando. Ella se encontraba en la ventana del primer piso del edificio frente al café. Una ventana grande para lo que parecía el edificio.
No sé si fue por el calor o por la chica, pero de a poco me faltaba el aire. Me quedé observándola por un rato. Ella solo estaba sentada frente la ventana, era de esas que llegaban al suelo y se abrían para adentro.
Esta vez no tenía un pañuelo ni nada relacionado. Sino un fresco vestido color salmón que entonaba con su piel perfecta. Sentada allí quien sabe qué haciendo. Al menos ya sabía dónde vivía.
Ella me miró repentinamente, de un golpe se levantó y cerró las cortinas. Una sensación de curiosidad, exaltación, emoción y un poco de todo me llegó al cuerpo.
Quería conocerla.
wow.. leí el primer capitulo con curiosidad, y cuando me quise dar cuenta ya había terminado este!.. me gusta mucho tu forma de escribir :) seguiré leyendo las nuevas entradas :D!!
ResponderEliminarJaja, gracias :) Intentaré seguir esta novela hasta terminarla. En general siempre las dejo sin final.
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