La luz de la luna se reflejaba en las húmedas veredas,
mojadas por el fresco rocío de la noche. Ella se encontraba allí, en la rambla
frente al mar. Su sonrisa brillaba como las perlas de su collar, mientras
fumaba un cigarrillo. A pesar de eso, sentía que no era verdadera. No me
refiero a ella, sino a su sonrisa. Sus ojos delineados se reflejaban en el
movimiento del mar, como perdidos. Era una mirada triste.
-Puedes dejar de fingir- le dije.
Se rio. Ahora su mirada se fijaba en mí, sin acotar nada.
Ella era encantadora.
-Estoy algo cansada-respondió luego de un momento-
Cansada de mi trabajo, de la gente, de este lugar, de mi vida…
Un profundo suspiro acompañado de una bocanada de humo,
se hizo presente en ella.
No me gustaba verla así. Simulando ser feliz, mientras
por dentro su alma se iba desplomando de a poco.
-¿Y si escapamos? ¿Y si dejamos todo a la deriva?- Apenas
pensé lo que le decía. Las palabras escaparon de mi boca.
Su sonrisa volvió, pero esta vez era una más sincera. Su
cabello ondulado y con bucles bailaba al son de la brisa. Era bellísima. Valía
la pena todo por ella. Yo no tenía nada que perder si dejábamos todas nuestras
responsabilidades de lado.
-Si tú lo deseas, yo puedo ayudarte a cambiar de
vida-insistí.
Se acercó lentamente y me besó profundamente. Su perfume
a jazmines inundaba mi nariz plácidamente.
-La vida será monótona, pero creo que por alguna razón
las cosas son así-replicó ella.
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