El momento se volvió tenso durante el café. Tenía ganas de irme, de no salir mas de casa. El miedo a afrontar los problemas de la vida era mas fuerte que yo. Sin mirarlo a los ojos, trataba de distraerme jugando con la espuma de mi café. Luego torpemente volqué el contenido de la cuchara sobre la mesa. Los nervios me volvían. Traté de limpiarlo con una servilleta, pero me rendí. Por dentro me preguntaba por qué las confiterías insisten en poner servilletas que no absorben nada, es como limpiarte la boca con una bolsa de plástico.
Él soltó una risita, mientras que yo trataba de ocultar mi rostro sonrojado detrás de mi flequillo.
-Hacé lo que te parezca que está bien, o que te hace bien.
Dios, estoy cansada de esa respuesta. Siempre es la misma frase.
Sentí un tirón en la garganta. Tenía ganas de llorar. Llorar como cuando tenía cinco años, cuando era la única descarga y nadie te decía que estaba mal. Pero no podía. Mis ojos se humedecieron, pero me contuve.
-No sé qué hacer. No entiendo lo que siento.
El murmullo de la gente de las mesas de al lado me aturdía. Sé que él no es la persona que busco, que no tenemos mucho en común.
Salimos del café y lo miré a los ojos, aún hoy no puedo definir su color. Lo tomé de la mano, qué mas da. Me soltó la mano, me tomó de la mandíbula y me besó suavemente.
Una vez mas, mis dudas desaparecieron, para luego reaparecer como un animal al acecho.
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