domingo, 8 de septiembre de 2013

Capítulo 7, El rompecabezas de la vida.



Capítulo 7


Ni me dispuse a mirar para arriba a su ventana, solo entré al bar y comencé a trabajar. No me había despertado con mal humor, seguía un poco divertido por la repetitiva pregunta de la muchacha "'¿Quién es esa chica? ¿Por qué a ella?", eran preguntas de las cuales ni yo tenía una respuesta concreta.
— ¿Lo has visto?— me preguntó mi jefe.
— ¿A qué te refieres?
—La ventana, está entreabierta. Jamás la he visto así.
— ¿No crees que le das mucho significado a un abrir o cerrar de ventanas?
—Tal vez. Pero mira muchacho, es más divertido jugar con la imaginación y la fe que aislarse en la realidad vista y la lógica. Además ya te lo he dicho, esa chica es... especial.
-"Especial", no sé a qué se refiere con eso. ¿Por qué me importaba tanto una mujer de la que no sabía nada, de la que nunca había escuchado y con la que nunca había hablado?- pensé.
Ya que no me había fijado, me acerqué al ventanal y observé su ventana. Tenía razón, estaba entreabierta. Si abierta quería decir que estaba de buen humor y cerrada que estaba de mal humor, ¿Entonces qué significaba esto? ¿Estar en nada o con todo? "¡Bah! Son solo balbuceos de alguien que no sabe bien las cosas", pensé.
Era sábado así que seguro vendría alguien a tocar un poco de música por la noche. Efectivamente así fue, una dama y un hombre tocaron un par de canciones de jazz. Era raro, nunca me había puesto a escuchar jazz ni ningún otro género musical. Me sentía bien pudiendo disfrutar algo nuevo.
Esta vez la noche no fue tan movida o ruidosa como la última. Aun así la gente disfrutaba a pleno de ambiente del lugar. La dulce voz de la dama, mezclada con algo de bebop contrastaba bien junto al sonido de la trompeta tocada por el hombre. Las personas reían, otras lloraban, hablaban y bebían al son de estos músicos. Un corazón roto por un lado, un nuevo romance por el otro. Cosas de amores.
Recién a las 12:30 de la noche hizo presencia la chica de enfrente. Se sentó en su mesa habitual, junto al ventanal a un lado. La atendí y, como esperaba, simplemente se limitó a pedir un whisky y no dijo ni una palabra más. Tomé un poco más de confianza, ya no me alarmaba más al verla. Sin embargo no podía evitar que me tiemblen las manos o mi corazón se acelere.
Ella no se veía ni enojada ni feliz. Tal vez algo triste se la veía.
Bebiendo su vaso de whisky miraba por el ventanal hacia el quiosco de revistas de enfrente, que por obvias razones se encontraba cerrado. De vez en cuando se cubría el rostro con las manos, como si estuviera cansada de algo o tuviera ganas de llorar. Dudé en acercarme a preguntarle qué le pasaba, pero no me atreví ya que siempre que lo hacía terminaba con una bofetada de palabras.
La observé de a ratos durante la noche. Al llegar la 1:30 de la madrugada aproximadamente, decidí irme. Mi turno ya había terminado hace tiempo y no veía con razones específicas para quedarme. Ella ni me miraba, solo...pensaba sola.
Avisé a mi jefe y salí. Miré hacia el ventanal, seguro que seguía sentada observando hacia afuera y tal vez me vería allí. Pero raramente no estaba. Solo se veía a la silla, solitaria, y al vaso vacío posado sobre la mesa.
Volteé la mirada hacia su departamento. Me sorprendí de golpe. La vi frente la puerta del bar. Su mirada estaba clavada en mí, parecía un fantasma.
Iba a seguir mi camino hacia casa, pero un impulso me llevó hacia ella. Me paré frente a ella y no dije nada. Solo la miraba.
Me abraza de repente, fuertemente. Y rompe en llanto. Estaba más que asombrado, más bien sorprendido. "¿De dónde salió eso? ¿Quién es ella y por qué ya es parte de mi vida?", pensé.
La abracé yo también, conteniéndola de un dolor que parecía horrible.
— ¿Qué sucede? Cuéntame.
No me respondía. Solo lloraba, aunque cada vez más despacio.
—Cuéntame lo que pasó. Tal vez pueda ayudarte.
El silencio era la única respuesta. Y ahí es cuando comprendí que el dolor no se sacia con inútiles consejos que te digan, sino con una demostración de protección y comprensión. Y que un silencio tranquiliza más que cualquier palabra.
Dejé mis preguntas y me quedé callado, acariciando su cabello. Luego de unos minutos dejó de llorar, se alejó un poco y se sorbió los mocos. Sonriendo me dijo:
—Gracias.
Y así se retiró hacia su departamento.
Definitivamente creo que nunca entenderé a las mujeres. Son seres complicados e histéricos. A veces demasiado. Y por sobretodo, nunca puedes adivinar lo que están pensando. Son las dueñas del misterio y son tan tentadoras como descubrir uno.

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