Muy pocas veces veo algo que me dé tanta tranquilidad. Adoro cuando viajo luego de alguna juntada en el centro o luego de salir de educación física del colegio. Allí el paisaje cambia completamente durante el crepúsculo. No porque me guste ver cómo baja y se esconde el sol, sino por cómo se ve la ciudad cuando sucede ésta transición del día a la noche. El cielo va cambiando del celeste común a una especie de grisaseo- rosado, y a veces naranja. Los edificios se transforman y se lucen pálidos de alguna manera. Por ese momento las sombras desaparecen, es algo de lo que poca gente se da cuenta. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse, algunas persianas van cerrandose. Y la gente empieza a caminar un poco mas, o volviendo del trabajo o saliendo a tomar algo. Lo triste es que dura tan poco, aunque para mí lo suficiente. Mi viaje de media hora alcanza perfecto para llegar desde el principio del atardecer hasta el final.
Con mis auriculares sonando Glenn Miller, hoy partí de vuelta hacia mi casa. Y mas tranquila que en ningún momento. Ni el sonido del colectivo me distrae para apreciar eso.
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